Viernes 20/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Semana de obispos

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Semana de Asamblea Plenaria del episcopado español. Escribo cuando aún no se ha pronunciado el discurso del Presidente, cardenal Rouco Varela.

De las dos habituales –primavera y otoño-, la primera de este 2012, con un cruce de agendas nada desdeñable: la agenda oficial y la agenda oculta, que se construye a través de los debates internos, de los trabajos de las comisiones y de las propuestas, además de la clásica sesión reservada, que se ensancha o se reduce en función de los asuntos. Es ésta una sesión de carácter más informativo, aunque, en la práctica, todas las sesiones son reservadas, dado que no son públicas, ni se permite el acceso a los medios informativos.

Esta forma de trabajo es garante de una libertad que, sin lugar a dudas, ejercen los obispos en sus intensas jornadas de trabajo. Una libertad en el juicio y en la expresión que ya quisieran muchos otras reuniones cualificadas. Sobre todo porque la Asamblea Plenaria de los obispos es un ejercicio de comunión fraterna, de colegialidad y de sentido de misión y de responsabilidad.

Pero a esta Asamblea se le ha sumado la agenda social, los temas que ocupan y preocupan a los españoles, y para los que la Iglesia no es una convidada de piedra. Los obispos se reúnen por primera vez después de la victoria electoral del PP, ya con la perspectiva de los cinco meses de gobierno, y con una estrategia de la oposición en la que se han intensificado el anticlericalismo y las medidas contrarias a la antropología cristiana. Ahí están algunas de las ideas del próximo gobierno de Andalucía o de los jóvenes del PSOE.

Primero, en el tiempo; la crisis, que es el estado vital de la sociedad española. Y que no es de ayer, y sobre la que los obispos, individual o colectivamente, han hablado en diversa ocasiones. Hay quienes dicen que no se han pronunciado; hay quienes piden que se hable más, y hay quienes piensan que así se confirmarán sus tesis de fondo y de forma. La Conferencia Episcopal no está aislada, ni vive en una urna de cristal. Le ocupan y preocupan las raíces de la crisis y sus efectos.

A esta cuestión se ha sumado un tema delicado, si cabe: la monarquía. No son pocas las voces, externas e internas, que se han sumado a la necesidad de que la Iglesia diga algo y preste una voz que vaya más allá de las contingencias. Una palabra que oriente sobre la contribución de la Monarquía, en la persona de Juan Carlos I y del Príncipe de Asturias, al bien moral de la sociedad. La relación entre Iglesia Católica y Monarquía no es una cuestión baladí. No debemos olvidar que el arzobispo castrense, que está jugando un papel destacado y delicado en estos momentos, es capellán de la Casa Real.

De los temas que se han hecho públicos en la nota informativa oficial aparece el debate sobre un documento sobre el amor humano. Después del caso de la homilía de monseñor Reig Pla, está es una cuestión puntiaguda. Si bien es cierto que las campañas contra la Iglesia, y el clima general adverso, no deben marcar la agenda de trabajo y de presencia pública, no se deben olvidar las condiciones de recepción. Se dice que el documento no está maduro y que habrá que seguir trabajando en él. Ésta puede ser la clave.

Juan Meseguer publicaba no hace mucho un interesante análisis, en ACEPRENSA, titulado "Obispos, ¿en las barricadas?". De este texto habrá que hablar con más detenimiento y con más espacio. Veremos, durante esta semana, dónde están nuestros obispos.

José Francisco Serrano Oceja

jfsoc@ono.com

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