Lunes 23/07/2018. Actualizado 01:00h

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Tribunas

San Pedro y San Pablo

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Un artículo de...

Ernesto Juliá
Ernesto Juliá

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Delante de la escalinata que cierra la plaza de San Pedro en Roma, las dos figuras de san Pedro y de san Pablo muestran al visitante el camino de la Basílica, y le animan a entrar en ella.

Los dos apóstoles, además de sugerir mirar la mole del Vaticano, invitan a pensar en su labor de sostener viva y firme la Iglesia fundada por Cristo, que los contempla desde el pináculo de la fachada de la Basílica.

La Roca es Cristo, como recuerda san Agustín, y ha querido fundar su Iglesia sobre la roca de Pedro; y, a la vez, escoge a Pablo para que desde el principio acompañe a Pedro y a los Apóstoles en su tarea de anunciar a Cristo. Convierte la fragilidad de Simón en piedra firme, Pedro, por la fortaleza del Espíritu Santo. Y convierte la diligencia y el alma grande de Pablo, para que acompañe siempre a Pedro, y le ayude en su caminar y en su misión de fortificar en la Fe a todos los creyentes.

Pedro y Pablo siguen vivos en la Iglesia, y existirán siempre. Cada uno con una misión

San Pedro dijo: “A quién iremos, Señor, Tú tienes palabras de vida eterna, nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Cristo Hijo de Dios”.

Los dos elegidos por el Señor para seguir Su obra en aquel momento de la historia de los hombres, y a lo largo de los siglos. Y ahí siguen, firmes a los pies de la escalinata que asciende hasta la Basílica desde la Plaza de san Pedro.

La misión de Pedro y la misión de Pablo siguen vivas en la Iglesia. La de Pedro por la ininterrumpida lista de Papas, eslabón tras eslabón, cuidando de la Fe de todos los creyentes.  “Para que el Episcopado mismo fuera uno solo e indiviso, puso al frente de los demás Apóstoles a san Pedro y él mismo estableció el principio y fundamento perpetuo y visible de la fe y comunión” (Lumen Gentium, n. 18).

 No es otra la tarea del Papa. El Señor se lo dijo con toda claridad: “Simón, Simón, mira que Satanás os busca para cribaros como el trigo, pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32). Palabras de Jesús que seguirán vivas hasta el final del tiempo.

Y la de san Pablo, en esa cadena de hombres y de mujeres, fundadores y  santos que han abierto siempre nuevas veredas del caminar cristiano, que han ido siempre a convertir los “gentiles” de cada época, con el mismo ímpetu, y caridad con que san Pablo se dirigió a los gentiles de su tiempo.

Atanasio, Basilio, Agustín, Benito, Bernardo, Tomás de Aquino, Domingo, Brígida, Cayetano, Ignacio, Teresa de Ávila, Ángela de Merici, Catalina de Siena, Juan Bosco, Francisco, Josemaría, Teresa de Calcuta, Teresa de Lisieux, Edith Stein, y un largo etc.,  hombres y mujeres que han dado gloria a Dios en su vivir terreno, siempre fieles a la Iglesia y a Pedro, y de los que el Señor se ha servido para iluminar con su palabra y con su ejemplo, la oscuridad de tantas almas y abrir nuevos caminos para el andar cristiano. Y con ellos, tantos padres y madres de familia que han educado en la Fe a hijos y nietos; y han llenado de luz de amor el corazón de tantos hogares cristianos.

En un momento de los comienzos de la expansión de la Iglesia, san Pedro escuchó con humildad y mucha gracia de Dios, las consideraciones de san Pablo y así comprendió mejor a no “judaizar” y a no dejarse llevar por “espíritu del tiempo”, y siguió más fielmente las indicaciones de Cristo; y san Pablo acudió a Jerusalén para recibir la confirmación de San Pedro para toda la labor que estaba desarrollando entre los gentiles, y “no correr en vano”.

El Señor, Él es la Cabeza de la Iglesia, aúna a todas las fuerzas vivas que el Espíritu Santo hace palpitar en la inteligencia y en el corazón de los creyentes para vivir esta misión. Y, lógicamente, también en la inteligencia y en el corazón de los Pedros y Pablos vivos cada momento en la Iglesia.

Todos los cristianos estamos llamados a “convertirnos” hasta el final de nuestros días en la tierra; y así “convertidos”, confirmar en la fe a nuestros hermanos. Los Pedros y los Pablos hacen lo posible por seguir también ese mismo camino, en la humildad de ser solo –y dando gracias a Dios de serlo- “Siervos de los siervos de Dios” el mejor título del que se precian los Papas.

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