Jueves 23/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

A San Miguel Arcángel

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"Arcángel San Miguel, defiéndenos en la batalla: sé nuestro amparo contra la maldad y asechanzas del demonio...". Miles de sacerdotes durante muchos años, han rezado, y rezan, a San Miguel para que proteja al Cuerpo Místico de Cristo. Ya Pablo VI, hablando de la situación de la Iglesia en los años posteriores al Concilio, dijo "una potencia hostil ha intervenido. Su nombre es el diablo". Y no nos cabe duda que el enemigo andará, estos días, muy despierto para infiltrarse por cualquier resquicio. No deja de ser curioso que, a pesar del juramento de confidencialidad que prestan los purpurados, se asegure el ámbito en donde se mueven con inhibidores de señal. ¿Hay desconfianza?

Hay responsabilidad. Una responsabilidad muy grande por parte de cada uno de los electores, que se informan, se preparan, rezan, preguntan. Es normal que en toda la Iglesia, en todas las diócesis del mundo, los fieles recen por estos hombres. No cabe duda que el peso es grande. Pero es lógico que en estas circunstancias se vuelvan a plantear qué es lo que se espera de la Iglesia, de los fieles, de todos los obispos y sacerdotes.

No hace mucho hablaba en clase con mis alumnos universitarios sobre la Iglesia. Surgió la preocupación "¿por qué se ataca tanto a la Iglesia?". Y uno me dijo de inmediato "porque los obispos y los sacerdotes se meten mucho en política". Era la percepción de un joven cristiano, a quien sin duda le molestaba esa actitud de algún eclesiástico. En estos días en la prensa se ha publicado una entrevista a Mons. Carlos Amigo quien, en otras cosas, dijo que "la Iglesia no debe buscar el poder ni el aplauso".

No buscar el aplauso supone no actuar de cara a la galería. ¡Qué difícil resulta, en este mundo tremendamente mediático, hacer la voluntad de Dios aunque no suene bien! Y como sabemos que los señores cardenales son hombres, que tienen que tratar con la gente de la calle, y con periodistas, que suelen ser muy tiranos, comprendemos que sea tan fácil que el enemigo, el demonio que tanto trabaja, se pueda meter por las rendijas de la vanidad o la conveniencia. Y por eso rezamos y rezamos.

Ni el poder ni el aplauso. ¿Qué será más difícil? Tantos siglos de mezclas de poderes humanos y eclesiásticos, aun cuando están felizmente superados, hacen sospechar que pueda quedar un cierto clericalismo, que se manifiesta sobre todo en querer mandar. Es difícil prescindir totalmente del deseo de influir en las cuestiones puramente humanas, políticas, económicas. Gracias a Dios los papas recientes han dado un ejemplo maravilloso, prescindiendo de poder y ganando así en autoridad. La autoridad del Papa es cada vez más grande, en todo el mundo. Lo estamos viendo en estos días. Pero está en relación directa con la pérdida de poder.

Rezamos a San Miguel, con mucha fe, para que el diablo no encuentre ni una grieta, con o sin inhibidores, para entrar en la sala del cónclave ni en la conciencia de los electores.

Ángel Cabrero Ugarte

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