Domingo 22/07/2018. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Salamanca sentida

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Salamanca hechiza la historia; se revuelve contra la inexorable ley del tiempo que marca los cansinos pasos de la existencia. Salamanca no es un verbo pretérito de conjunciones y constelaciones eclesiales. Salamanca es una alerta del sistema conceptual de la Iglesia.

El Aula Magna de la Universidad Pontificia de Salamanca, la Universidad de la Teología, del Derecho Canónico, de la Filosofía a fuer de cristiana, se convirtió en templo de la liturgia de la historia en la toma de posesión del nuevo Rector, Ángel Galindo. Nadie faltó a la cita con el futuro, una llamada que había sido capaz de congregar al pasado. Los obispos, mayoritariamente de las diócesis aledañas; los viejos y los nuevos profesores; los miembros de un eterno Patronato y generaciones de extrañados se congregaron en una celebración de la esperanza

Antídoto contra la soledad y la ausencia, el pie jámbico del estudiante de Salamanca nunca transita en soledad. Sólo y a pie, lema del joven Ignacio y de los jóvenes que siguieron a Ignacio; friso de historia entretejida en los telares de la más pura Universidad Pontificia de Salamanca, que estudió aquel vasco universal, también, que se llamaba José Ignacio Tellechea y que tanto nos enseñó de la Iglesia y de la Historia.

Mientras se desgranaban los formalismos universitarios, en una mixtura de ceremonial civil y eclesiástico, por el rondón transitaban quienes habían sido rectores de la Universidad del episcopado español. Allí estaba presente, como uno más, José Manuel Sánchez Caro, tengo que confesar, mi añorado Rector. Acompañado de don Olegario, que sella con su silencio, con sus gestos y con su mirada siempre magistral el decurso de la historia. Quizá quien fuera Magnífico de la Universidad Pontificia moderna, después de la aristocrática etapa de Juan Luis Acebal, recordaba en ese momento la correspondencia entre Monseñor Casimiro Morcillo, Arzobispo de Madrid, y el rector Barberena, en medio de los ecos del mayo del 68 eclesial. Con fecha de 7 de octubre de 1969, el Rector de la Pontificia escribía: "En Salamanca no ocurre nada que no ocurra en otras partes... pero aquí hay más eco... La Universidad es la que los Obispos quieren que sea... Si quieren otra cosa, pues que el Episcopado actúe". La respuesta de Monseñor Morcillo no se hizo esperar (12 de diciembre de 1969): "Nada deseamos más los obispos que ver a la Universidad cumplir la alta misión que le ha sido encomendada. Por ello me congratulo muy sinceramente de comprobar cómo, en estrecha relación con la Comisión Episcopal, la Universidad proyecta soluciones concretas y viables en orden a superar los problemas que hasta ahora han venido entorpeciendo su buena marcha".

Con Don Lamberto, con el añorado, cada vez más, don Mauro, obispo seglar del Concilio y para el Concilio, salimos al encuentro de don Miguel de Unamuno, que nos permitió la paráfrasis: Yo no siento a Salamanca filosóficamente sino poéticamente. Y, ante todo y sobre todo, religiosamente.

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