Viernes 20/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Resaca electoral

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Me acompaña Max Estrella y transito por el callejón del gato de la historia. Los espejos están deformados; la noche ha perdido la luna, pero no el encanto. Julián Marías y el problema de la libertad intelectual: “Lo primero, saber callar. Quiero decir que cuando de algo no se puede hablar, lo único adecuado es callarse. Los intelectuales todos deberían tomar como lema, dándole todo su alcance, la última proposición del Tratactus Logico-Philosophicus de Wittgestein. Nada hace más daño que la mentira, la verdad a medias o la mitad de la verdad (cosas distintas)”.

Resaca de plenaria y un silencio que se hace en la cristiandad. Leo los periódicos de la pasada semana, principalmente los denominados regionales y provinciales, y algarabía. Sin embargo, la opinión se ha ido por los derroteros de lo indecible, de lo que supura la condición humana. Internet es una orgía, lo sencillo se convierte en complicado, la navaja de Ockham vuele a asesinar nominalmente. Fantástico, más gas letal. Por ejemplo, y es de los más suavecitos. Alguien, cuyo nombre no me quiero acordar, escribió que “la reelección del cardenal Rouco remite al temor de la jerarquía eclesiástica a renovar su discurso y refrescar su aproximación la contemporaneidad”. Sin calificativos.

Al final, una pregunta, bueno, dos, o tres. ¿Con la reciente celebración de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal ha ganado la Iglesia en comunión? ¿Ha ganado la Iglesia en libertad interna y en libertad externa frente a los poderes de este mundo? De regreso de un viaje relámpago a Barcelona, Ítaca de profundis, el pasado lunes, mientras se sondeaban los augurios, leía la reducida versión de la tesis de Rafael Felipe Freije, “El colegio de los obispos” (Scire). Atención, pregunta: ¿Ha crecido entre los obispos, después de la semana pasada, el “affectus collegalis” del que se nos habla en Lumen Gentium 23?

Una luz en el horizonte. Hay libros que son clásicos porque acompañan la existencia. Abro, durante el fin de semana, la edición del Instituto de Estudios Constitucionales, traducción de Carmen Castro de Zubiri, de mi ejemplar de “Falsas y verdaderas reformas en la Iglesia”, de Yves M.-J. Congar, O.P. Y leo que “partiendo de las cartas de Celestino VI de Papini, el P. P. A. Koch se preguntaba recientemente en qué condiciones puede ser buena y fructífera una crítica de la Iglesia. Determinaba las condiciones siguientes, que sería muy fácil glosar: Amar a la Iglesia. Valor sincero y viril, que inspire críticas francas, y no detracciones por la espalda. Crítica al modo de san Pablo, reprendiendo a san Pedro cara a cara en Antioquia (Gal. II). Justicia y justeza: no generalizar indebidamente, evitar los juicios rápidos y unilaterales. Prudencia. Humildad”.

Otro compañero de viaje. Permanente, reiterado, siempre refrescante. Henri de Lubac medita sobre la Iglesia, y nos enseña, en nuestras tentaciones respecto de la Iglesia, -así titula el capítulo octavo-, que “siempre hay hombres que identificarán tan estrechamente su causa y la de la Iglesia, que con toda la buena fe acabarán por reducir la causa de la Iglesia a la suya propia. No se imaginan que, para ser servidores verdaderamente fieles, quizá tuvieran que aniquilar en si mismos muchas cosas”. Sic transit… la resaca electoral.

José Francisco Serrano Oceja

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