Jueves 19/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Un Papa contra la nada

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Decía Hans Urs von Balthasar que “siempre que la auténtica forma del mundo deviene problemática, son los cristianos los que asumen la responsabilidad de la forma”. Eso es lo que hizo el Beato Juan Pablo II, y eso es lo que nos ha enseñado. Lo ha dicho Benedicto XVI, de otra manera, más bella y más pedagógica: “Abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible”. La homilía de Benedicto XVI en la beatificación de Juan Pablo II pasará a la historia por ser uno de los textos de teología de la Historia más relevantes de todos los tiempos.

Después de Juan Pablo II es fácil olvidar. Ya casi no recordamos que el tiempo cultural, el clima cultural, político y social, cuando llegó el cardenal Woijtyla a la sede de Pedro, se podría resumir en una frase de Max Scheler: “Al cabo de unos diez mil años de “historia”, es nuestra época la primera en que el hombre se ha hecho plena, íntegramente, “problemático”; ya no sabe lo que es, pero sabe que no lo sabe”.

El problema de la Iglesia era el problema del hombre. Lo había glosado Juan Pablo II en su primera encíclica, como un eco del más profundo Concilio Vaticano II. Muchos años atrás, pensadores y líderes de muy diversos tipos se habían empeñado en hacer propalar la especie de que el cristianismo ya no tenía sentido y que no era capaz de actuar en la historia de forma significativa. La fe, por tanto, se había convertido en el pasado de una ilusión. La Iglesia había reaccionado a esta destructiva modernidad hablando al hombre, en un Concilio, de lo que es la Iglesia, por tanto, de lo que dice de sí misma diciendo de Dios, de Cristo y del Evangelio.

Lo que consiguió Juan Pablo II es llevar esa evidencia, siempre antigua y siempre nueva, de la capacidad de la propuesta cristiana para cambiar la historia hasta el último rincón de la humanidad. Juan Pablo II transitó por el escenario globalizado de la historia para que la historia pudiera palpar que Cristo es su camino verdadero, fuente de libertad auténtica y de genuino progreso.

Quizá en nuestros días, en nuestro tiempo, “dramático y al mismo tiempo fascinante” (Redemptoris missio, 38), de lo que seguimos hablando es, según el decir del filósofo Remi Brague, del rudo enfrentamiento entre el ser y la nada: “El problema central no es otro que la existencia del hombre en la tierra”. Como nos ha recordado Benedicto XVI, su Predecesor, Juan Pablo II transparencia de santidad, realidad de santidad, nos enseñó a no tener miedo a la nada, porque la nada no tiene la última palabra.

Beato Juan Pablo II, ruega por nosotros.

José Francisco Serrano Oceja

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