Lunes 21/05/2018. Actualizado 01:05h

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Tribunas

Obispos administradores de la escasez

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Un artículo de...

Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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El discurso del cardenal Blázquez en la Asamblea Plenaria ha pasado demasiado inadvertido en la opinión pública extraeclesial. No lo debiera pasar tanto en la intraeclesial.

Es cierto que don Ricardo no ha hecho referencia a cuestiones de relación ni con el Estado, ni directamente con la sociedad. Pero los temas eclesiales abordados no son de menor calado.

El presidente de la Conferencia Episcopal es libre, por tanto, de decidir a qué temas dedica su discurso inaugural. Por cierto, era práctica común que esos temas fueran dialogados en algunos de los Comités Ejecutivos previos a las Plenarias.

Quizá la cuestión más llamativa abordada, no tanto por el contenido sino por el enfoque, haya sido la de la escasez de sacerdotes. Lo hizo después de referirse a los jóvenes. Demostró, una vez más, un ejercicio de sano equilibrismo para el que don Ricardo está especialmente dotado.

Y si no, fíjense en lo que dijo sobre la encuesta mundial previa a la celebración del Sínodo: “No tiene eclesialmente el mismo alcance la opinión de un cristiano participante asiduo en la vida de la Iglesia que la de una persona distante, y no digamos contraria, a la fe cristiana. Es verdad que puede haber observaciones que a modo de «profecías externas» nos conviene oír y reflexionar. Toda palabra auténtica merece ser escuchada, no desoída, rechazada o silenciada. Debemos procurar que la fe no sea desacreditada (cf. 2 Cor 6, 1-4) desde el punto de vista social y cultural; queremos una Iglesia «intelectualmente habitable» y socialmente solidaria, atenta a las necesidades de todos”.

Vayamos a los sacerdotes.

Don Ricardo ha querido ser muy claro y lo ha expresado con meridiana transparencia. Aunque no ha ofrecido datos concretos, ha hablado de “escasez extraordinaria”, de “inquietud y sufrimiento”, de “soluciones improvisadas y atajos arriesgados”, de “marco de preparación al sacerdocio insatisfactorio”, de “escasez de formadores y profesores dedicados a este servicio”. Reconoce que no tienen la fórmula y que se topan con “las decisiones convenientes, que por aproximaciones y tanteos vamos encontrando”.

Hay una afirmación del cardenal Blázquez interesante que queda un poco “pendens” que dirían los clásicos. Dice así: “En un tiempo pensamos que la crisis de seminarios podía proceder de la crisis de sacerdotes, ya que nos vimos inmersos en perplejidades sobre el sentido del ministerio que condujeron junto con otras causas a numerosas secularizaciones”. La pregunta es: ¿y han dejado de pensarlo? ¿Lo siguen pensando?  

Una sentencia de don Ricardo sintetiza un estado de la cuestión, que es estado de ánimo: “No podemos resignarnos a la administración de la escasez”.

La Iglesia en España necesita vocaciones. No hay fórmulas mágicas. La cuestión sigue siendo la relación entre vitalidad de la Iglesia y el crecimiento de la semilla vocacional. Por cierto, los obispos se han referido a las vocaciones sacerdotales, pero no han dicho nada de las vocaciones a la vida consagrada. Aspecto distinto pero no distante.

No está de más pensar que al afrontar la cuestión de las vocaciones sacerdotales se está haciendo un examen de conciencia a la vida de la Iglesia. O si no por qué, como reconoce el cardenal Blázquez, aquellos decenios de abundancia vocacional, en otros tiempos sociológicos, eran tiempos de vitalidad de fe.

¿En dónde debemos fijaros? ¿En la vitalidad de fe o en las circunstancias sociológicas? ¿Acaso no puede darse una vitalidad de fe y de vocaciones en circunstancias sociológicas adversas?

Da la impresión de que el más o el menos no cambia la especie. Se trata de un cambio de paradigma en una nueva época.

Post scriptum: Daría para otro artículo, pero soy testigo de los malabarismos que don Ricardo, como arzobispo de Valladolid, está haciendo para que zonas rurales de su diócesis puedan tener misa los domingos. Y eso siempre es de agradecer. Y no solo por los que vamos de fin de semana, sino por los que viven allí, que, por cierto, no todos son ancianos.


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