Sábado 18/11/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Nostalgia de la Autoridad de Pedro

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Quizá a más de una persona le puede resultar extraño que todavía esté vivo en algunos rincones del planeta, el deseo de Autoridad.

Y sin embargo, de los últimos comentarios que nos llegan de los corresponsales en Roma, éste es el mensaje que se puede apreciar en todas sus palabras.

"Los cardenales quieren a un Jesucristo con un máster en dirección de empresas", es la consideración de un jesuita americano. La reforma de la curia, la agilidad en el gobierno de la Iglesia, es sin duda una de las constantes que surgen en las opiniones y en los análisis más serios que se han presentado hasta ahora.

Más allá de las "condiciones" que unos y otros pretenden señalar al Espíritu Santo –Papa joven, políglota, en buenísima salud, etc., etc.-, la nostalgia de Autoridad se hace sentir, de una Autoridad que transmita la Luz del misterio del amor de Dios a los hombres manifestado en Cristo y en su Iglesia. Luz que no cabe en los límites de ninguna mentalidad científica, histórica, sociológica con la que se quiera medirlo.

A nadie se le escapa la realidad de los tiempos de civilización en los que estamos inmersos. Un Cardenal ha considerado que, a efectos de anunciar la Fe en Cristo, estamos como los apóstoles y discípulos del Señor apenas vivido Pentecostés. Y no le falta razón. La novedad del anuncio de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y Resucitado, suena verdaderamente "nuevo" en los oídos de europeos, africanos, asiáticos, etc.

Entre los comentarios a pie de calle, circula uno que tiene una cierta aceptación : el de que es muy necesario reformar la Curia, y no sólo reducirla de tamaño,, sino hacer que desaparezca la conciencia, y el espíritu, de la "carrera eclesiástica", desde sus primeros fundamentos.

Las acusaciones de que "no han estado a la altura de los que Benedicto XVI les pedía", no parece encontrar mucha oposición. Por ejemplo, se dice que no han sabido secundar los inauditos esfuerzos de Benedicto XVI en asuntos tan graves, y de tanta transcendencia para la labor apostólica de la Iglesia, como la situación de los católicos en China; los casos de pederastia; la formación de los sacerdotes; la unión con iglesias ortodoxas; etc.

Se echa verdaderamente en falta el peso de la Autoridad de Pedro. Palabras, escritos, ni han faltado ni faltarán. Llamadas de atención fuertes sobre cuestiones doctrinales; la separación de cargos de gobierno en la Iglesia de personas que no sigan las indicaciones papales, también. Si la unidad de los cristianos es un signo visible de la Fe en el único Cristo Nuestro Señor, ¿qué diremos de la necesidad de unidad dentro de la Iglesia Católica, en la que "subsiste" la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo.

Comienza el Cónclave. Se prevé breve, aunque en realidad no sabemos lo que durará, ni como se desarrollará, ni los problemas de conciencia que surgirán en el espíritu de los Cardenales, al depositar sus papeleta en la urna.

La Iglesia necesita un Papa que no se deje "condicionar " por nadie ni por nada; salvo por la luz y la gracia del Espíritu Santo, que le llegará en ocasiones en los consejos de hombres fieles. Y que dé a la Iglesia la alegría, el gozo, de la Autoridad. Y no sólo de una cierta autoridad "pastoral"; de una segura autoridad "doctrinal", o "teológica". La alegría de una Autoridad de "gobierno", tan necesaria para reafirmar la Fe, y para dar testimonio de esa Fe que hemos recibido de los Apóstoles, y que hemos de transmitir a todos los hombres hasta el final de lo tiempos.

Ernesto Juliá Díazernesto.julia@gmail.com

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