Viernes 20/10/2017. Actualizado 19:01h

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Tribunas

Por Jesús Ortíz

Mujeres con casco

Ahora el uso del casco en una moto es completamente normal, pero al principio no fue así.

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Un artículo de...

Jesús Ortiz
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Había gentes, sobre todo jóvenes muy seguros de sí mismos, que rechazaban el casco como una imposición; restaba emoción a la conducción y sobre todo limitaba su libertad: «si me mato es un asunto mío», decía alguno. Las campañas de concienciación durante años han logrado sensibilizar a los conductores para que utilicen el casco no tanto para evitar multas sino por la propia seguridad.

 

Me parece que la defensa de la vida del no nacido, de la mujer, y de la maternidad tiene algo que ver con todo eso. Porque de continuo escuchamos proclamas de mujeres que exigen el derecho a decidir sobre su cuerpo. Alguien dirá que no es lo mismo ¿verdad? Sin embargo no hay tanta diferencia entre el progreso que supone la utilización del casco y la protección de la maternidad, porque hace ver el sofisma de ese «en mi cuerpo mando yo», «tengo derecho a decidir», o «el aborto es sagrado». Excluir en ambos casos a los demás supone un ejercicio de subjetivismo o incluso de egoísmo. No, las normas morales y, en cierta medida las leyes civiles, son cauces de libertad en beneficio de todas y cada una de las personas. Y no digamos cuando peligra la vida del que conduce o de una criatura concebida pero no nacida.

 

Nadie sensato admite exigencias de libertad sin la correspondiente responsabilidad, porque en realidad nos afecta a demás, y el hombre no es lobo para el hombre sino más bien «homo homini sacra res»: cada uno es para los demás alguien sagrado. Pensemos en el nasciturus, en la mujer tantas veces víctima de la ideología o del entorno, y en la maternidad como verdadera realización de la mujer.

 

Conocí a una ginecóloga que también practicaba abortos «por humanidad», aunque parezca paradójico. Conocía bien los desastres que producen  los abortos provocados por manos inexpertas o personas sin escrúpulos. Y estaba decidida a luchar para que cualquier mujer pudiera abortar sin riesgos en la sanidad pública. Buenos sentimientos no le faltaban pero sí formación antropológica y principios éticos. Los árboles de los casos penosos no le dejaban ver el bosque; no se había parado a considerar con objetividad que un mal no puede remediarse con otro peor. Una vez más un fin bueno no puede justificar el empleo de medios inmorales. Si no ¿dónde quedaría la solidaridad? En suma, ahora tienen que utilizar el casco las mujeres y los hombres que rechazan el aborto porque siguen el principio ético fundamental de no matar.

 

Jesús Ortiz López

Doctor en Derecho Canónico 


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