Martes 24/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

José María León Acha

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Internet se adelantó al teléfono, signo de los tiempos. Jesús de las Heras, siempre ágil y dispuesto a dar la noticia incluso antes de que se produzca, lo había colgado ya en la página web de Ecclesia: había fallecido José María León Acha. De momento, en la diócesis en la que había estado prestando sus últimos servicios sacerdotales, nada se sabía, al menos oficialmente. Muchos días han pasado –tiempo virtual, de percepción- sin que los diarios locales ofrecieran la más mínima referencia.

Aún recuerdo los paseos por el sardinero después de las últimas entrañables cenas. Nos veíamos con la irregularidad que marca la distancia. Conocí a José María, hace ya muchos años, en unos Ejercicios Espirituales que me parecieron, entones, poco ignacianos pero muy espirituales. Siempre pensé que José María miraba con bondad toda la realidad, a la Iglesia, a los jóvenes, a los sacerdotes, a los rebeldes con causa o sin ella. Entonces estaba empeñado en una empresa que, años después, parece que ya pasó a la historia, ese movimiento de espiritualidad del sacerdote diocesano que fue santo y seña de no pocos de sus años en la Conferencia Episcopal, quizá años gloriosos. Detrás de esa espiritualidad se encontraba el deseo de llenar un hueco. Aún recuerdo cuando asistió a la toma de posesión de mi querido don Paco en la Parroquia de Consolación de Santander y su asombro porque algunas señoras aún utilizasen velo en la Iglesia. Esa diócesis siempre fue distinta, compleja y no siempre fácil de comprender.

Y, después de su periplo por la Conferencia Episcopal, se encaminó hacia el refugio del calor humano, sacerdotal, episcopal, a la cercanía y al afecto, a la sincera claridad de don José Vilaplana, hoy obispo de Huelva. Hizo su travesía del desierto entre las verdes montañas del norte. Y allí se topó con la idiosincrasia de una Iglesia. Fue acogido fraternalmente por un grupo de sacerdotes cuya generosidad siempre es ejemplar. Y, en silencio, gastó su vida en una pequeña y preciosa parroquia del extrarradio urbano, sin más pretensiones que el servicio.

De nuestros paseos mirando al mar, recuerdo las discusiones de fondo, porque en la forma nunca discutía. Representaba esa generación sacerdotal que asistía perpleja a algunos cambios en la Iglesia, a algunas necesarias rectificaciones, pero que, aunque estuvieran alejados en ideas, vivían cercanos en el afecto y la caridad. Yo le insistía en algunos signos de los tiempos, porque el cambio de rumbo, cuando éste es equivocado, también es un signo de los tiempos. Solíamos encasquillarnos con la cuestión de las nuevas realidades eclesiales y en los movimientos, máxime si tocábamos su vertiente sacerdotal. Y yo le exacerbaba cuando le decía que, en España, en algunas diócesis no muy lejanas, había sacramentos que se habían salvado gracias, por ejemplo, a algunos sacerdotes de la sociedad sacerdotal de la Santa Cruz. Caso de la penitencia, cuando el viento soplaba en forma de absoluciones colectivas de muy diversas patentes.

Y ahí solíamos dejar la conversación para hacer silencio. Ahora, José María goza de la elocuencia del amor de Dios. Y nosotros seguimos conversando, también en silencio. Fue ejemplarmente sacerdotal. Y un entrañable amigo. Descanse en paz.

 

José Francisco Serrano Oceja

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