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Tribunas

Islam y Occidente: ¿vidas paralelas?

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Un artículo de...

Pilar Gonzalez Casado
Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

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De nuevo los musulmanes franceses, como Hocine Drouiche, imán de Nîmes, insisten en señalar que el islam político, susceptible de radicalizarse y ser violento, es diferente del islam religioso. Insistió en anunciar que uno de los caminos para impedir la difusión de las ideas político-religiosas radicales que amenazan al islam y a la República Francesa es reconocer que el orden político y el divino son cosas distintas. Es el único camino para que el islam pueda adaptarse a la Democracia.

Cuando se analiza la situación histórica actual del islam y se proponen soluciones para resolver la crisis de identidad en la que este está inmerso, siempre se invoca la misma idea recurrente, la secularización del islam. Se presenta al islam como capaz de vivir el mismo proceso histórico que dio lugar al nacimiento de la Democracia occidental, ya que solo le quedaría por aprobar esta asignatura pendiente de la división entre el orden político y el divino para llegar a ser una civilización moderna y compatible con los principales valores occidentales. La violencia pertenecería al islam político mientras que la paz y la convivencia son propias del religioso.

Lo teocrático del islam, el ejercicio del poder divino en el orden temporal, es la Ley más que una forma concreta de gobierno, incluso la del califato del pasado, o los emiratos y las repúblicas islámicas del presente. De hecho, la mayoría de los islamólogos reconoce que el único período histórico en el que realmente se dio esta unión entre el orden político y el divino fueron los pocos años que Mahoma gobernó a los primeros musulmanes en Medina. La Ley, sin embargo, tiene una fundamentación divina ya que Dios es el único Legislador. Uno de sus noventa y nueve nombres o atributos es el de al-Hâkim, el Legislador, que otorga a las acciones tanto su valor moral como jurídico. Lo verdaderamente teocrático de la sharia, la interpretación humana del Corán y de la tradición del Profeta concretada en una serie de prescripciones, es la idea de que Dios legisla para sus criaturas y las impone una ley positiva cuyo cumplimiento lleva a la salvación en la otra vida.

Hasta el siglo XVIII, en Occidente, también considerábamos que, en última instancia, el fundamento de la Ley, incluso el de la positiva, era divino. Desde entonces hasta ahora, esta idea ha cambiado de tal modo que el fundamento de la Ley ya no es Dios sino la conciencia moral del hombre. La conciencia también era originalmente algo vinculado con Dios, era su voz en el hombre, que le hacía capaz de distinguir el bien del mal. Sin embargo, también se secularizó y llegó a ser, tal como la entiende el pensamiento político moderno, la expresión de la voluntad humana capaz de formular una ley y elegir una forma de gobierno. Ahora la ley proviene de la voluntad del pueblo, de los hombres, y no de Dios. Occidente secularizó la conciencia más que la Ley.

Para buscar un posible paralelismo de esta secularización de la conciencia en la historia del islam, habría que analizar las ideas de los pensadores modernistas. Pero, incluso para los más audaces de los dos últimos siglos, como Muhammad Abduh,  la conciencia es incapaz de distinguir entre el bien y el mal sin la ayuda de la voluntad revelada de Dios, expresada en su Libro, y no se entiende como la expresión de la voluntad humana. El islam puede secularizar las formas de gobierno, de hecho lo ha hecho desde hace mucho, y separar el orden político del divino, aunque siempre aparecerá el ejemplo del Profeta reclamando lo contrario; pero si despojara a la conciencia de su vínculo divino, si dejara de ser la voz divina que habla en el Libro y la Ley y pasara a ser la expresión de la voluntad humana, el Libro y la Ley perderían sus sentido y el islam ya no sería el mismo. Por ahora, sigue prefiriendo obedecer a Dios antes que a los hombres y recorre una trayectoria distinta a la de Occidente. Occidente e islam no son vidas paralelas aunque a veces se presenten como tales.


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