Lunes 11/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Ideología, cultura y comercio ante la celebración cristiana de la Navidad

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Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Las ciudades iluminan sus calles principales cuando comienza diciembre. Suele coincidir casi con el arranque litúrgico del Adviento, tiempo de preparación, espera y esperanza. Las luces civiles sirven de recordatorio a los creyentes para vivir ese tiempo litúrgico, calificado como fuerte por los expertos.

Los adornos de los barrios tienen objetivos más bien comerciales: no preparar la venida del Señor que redime, pero sí tantos eventos familiares insertos en antiguas tradiciones: las compras contribuirán a la alegría de todos, especialmente de los más jóvenes.

No deja de ser, sobre todo para madres y abuelas, un tiempo de más trabajo. Sin grandes agobios, porque prevalece el sosiego. Ciertamente, caminamos hacia días de paz, aun sin recordar viejas épocas con sus treguas de Navidad.

No suelo hacer caso a los que intentan romper la tranquilidad con acciones o argumentos cansinos contra las costumbres cristianas. Casi todos proceden de fundamentalistas: obsesos del laicismo o de identidades nacionalistas insuficientemente pensadas. O, simplemente, de responsables del marketing de empresas conocidas, capaces de afirmar en carteles del metro de Madrid que les gusta la Navidad con imágenes que nadie asociaría con esas fiestas: un perro bonito y amigable –no “pastor”-, con una especie de cuernos de alce...

He visto el contraste –y lo cuento‑ en dos informaciones recientes de la prensa italiana. Una se refiere a la conocida ciudad de Bari, donde la parroquia de Santa Cecilia ha decidido no celebrar la misa del gallo por razones de seguridad. Se sitúa en un barrio que, según el cronista, es multiétnico e interclásico si se ve desde la izquierda, degradado e invadido si se ve desde la derecha. El párroco no responsabiliza de la violencia a inmigrantes irregulares, prostitutas ni bandas juveniles, pero considera que, en ese contexto, apenas tendrá asistentes a la misa de Navidad: un modo muy italiano de dibujar una situación poco conforme con usos sociales clásicos.

Otra periodista relata su perplejidad al regreso de un viaje a Marruecos. Señala el paradójico contraste respecto de unas pocas escuelas locales que han cancelado la instalación de los tradicionales belenes y el canto de villancicos navideños. Al contrario, la Navidad está muy presente en Rabat y Casablanca, con árboles llenos de luces y bolas de colores en las calles, prueba de un auténtico multiculturalismo.

Por otra parte, informaba hace días Le Monde de que el Consejo de Estado francés –distinto del español, más próximo a un Tribunal Supremo de lo contencioso-administrativo- había puesto punto final al debate sobre el belén instalado en 2014 por el alcalde de Béziers, un ayuntamiento en el Rosellón.

El Tribunal Administrativo de Apelación de Marsella había anulado en abril de 2017 una decisión anterior de la corte de Montpellier (a raíz de una denuncia de la Ligue des droits de l' homme), que había aprobado la decisión de un alcalde independiente, aunque –según se informa- próximo al Frente Nacional. El alto tribunal considera que esa tradición, ajena al proselitismo religioso, resulta compatible con la famosa ley de separación de 1905, por su carácter “cultural, artístico o festivo". El alcalde de Béziers había instalado en 2014 el tradicional belén, junto con un árbol de Navidad y un buzón para escribir a Santa Claus.

Parece una decisión jurídica razonable, porque –sin decirlo- excluye la politización de algo tan entrañable y profundamente religioso y humano como la Navidad. Lo contrario, aunque no tengo nada contra los políticos, reflejaría otro aspecto más del alejamiento de ciertos líderes de los deseos reales de la población. Algunos toman decisiones grotescas cuanto alcanzan una cuota de poder, entrando a saco en cuestiones pacíficas. Y no es específico de izquierdas rabiosamente anticlericales, más bien tristes. Alguna vez he comentado en esa línea la decisión de la derecha española de llevar la voracidad fiscal hasta algo tan festivo y solidario como la lotería de Navidad... Frente al arcaico d’abord la politique, tengamos la fiesta en paz.


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