Viernes 20/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Gramática de futuro

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Decía Nietzsche que ya no existen los hechos, sólo las interpretaciones. Se han mudado las tornas, y no con precisión Orteguiana. Antes se decía aquello de “difama, que algo queda”. Ahora domina el “interpreta, que algo queda”. Hay que dejar a Dios ser Dios y a los hechos, hechos. Y a lo hecho, pecho, pensará alguno.

Lecciones de unas elecciones que son selecciones:

Primera: La Conferencia Episcopal es un organismo vivo, se mueve, está ahora en un proceso de transformación singular, tiempo eje, que diría Jaspers; nada te turbe, nada te espante, todo se transforma, Dios, no se muda, la paciencia, todo alcanza. La Conferencia, como ocurre también con esos organismos que emiten señales elocuentes de futuro para demostrar que se mueven, ante una situación de profundo cambio generacional –y dale con Ortega o con Marías-, no se la juega. Reconoce la “auctoritas”, por decirlo finamente, del cardenal Rouco, y la acepta hasta las últimas consecuencias. Uno de los fenómenos sociológicos más aplastantes de nuestra época, en todos los órdenes, es la ausencia de líderes carismáticos, o, a lo sumo, la escasez de estos perfiles destacados. No quiere decir que no los haya, sino que necesitan tiempo, quizá más que sus predecesores por eso de que nos encontramos con generaciones del entorno y del contorno conciliar, con sus pros y con sus contras. Pensemos, por ejemplo, en la producción bibliográfica de los miembros del episcopado español, anterior a su nombramiento, y comparémosla con la de las generaciones de obispos de mediados del siglo pasado.

La Conferencia necesita, si cabe, más tiempo y espacio para que se conozcan y se reconozcan quienes van a ser los protagonistas del futuro, para que cuajen. Y en este sentido, no olvidemos los nombres de los discípulos más directos del cardenal Rouco en la época de Salamanca, el arzobispo Carlos Osoro y monseñor Adolfo González Montes, la sorpresa de la Plenaria. Hay que añadir el nombre de monseñor Juan del Río. Las constelaciones de amigos funcionan más de lo que parece.

Segundo: ha salido un Ejecutivo muy equilibrado. La avanzada, con más estrategia que realidad, apuesta por una vicepresidencia cardenalicia no era más que un movimiento de finura y equilibrio, más italiano o romano que español. Aquí somos más quijotes y sanchos y, por tanto, monseñor Ricardo Blázquez, hombre bueno entre los buenos, siempre lleva las de ganar en las votaciones de la Conferencia. Algo que sabía y que solía repetir monseñor Manuel Monteiro de Castro. El Ejecutivo, con las obligadas salidas del cardenal Sistach y de monseñor Osoro, y las entradas de monseñor Barrio y monseñor Francisco Pérez, –no olvidemos este nombre ni su reciente libro entrevista-, refleja muy acertadamente la realidad de lo que es, y piensa, el episcopado español.

Tercero: en la Plenaria no hay heridas. Y para esto las presidencias de las Comisiones Episcopales convierten a la Comisión Permanente en una especie de Conferencia de Metropolitanos, de los presentes y de los futuros, con algunas anécdotas dignas de un capítulo de unas memorias a largo plazo. Son menos los arzobispos que se han quedado fuera, en algunos casos de forma incomprensible, como puede ser el del arzobispo de Oviedo, monseñor Jesús Sanz Montes, quien parece destinado a coger fuerza en la cueva de Covadonga, lugar de la Reconquista. Algo ha pasado y algún día se aclarará. Sigue sorprendiendo, también, el silencio sobre los arzobispos de Burgos y de Tarragona. Dejémoslo aquí. En breve escribiré un artículo sobre la Iglesia en Cataluña y algunas cosas que se están haciendo no bien, muy bien. Y, por lo demás, hagan juego, señores, en una Permanente que será, si cabe, más complicada que la anterior a la hora de tomar decisiones, pero más animada en los debates y discusiones internas. Sigue monseñor Javier Martínez y entra monseñor Rodríguez Plaza. Por otra parte, las listas han funcionado, una más que otra, por supuesto. Quizá quien más notará la nueva configuración de las Comisiones será la maquinaria interna de la Conferencia Episcopal.

Los obispos más jóvenes esperan. Ya llegará su turno.

Pero lo principal ha sido el mensaje, las señales de la gramática del futuro de una Conferencia Episcopal que es libre y que se preocupa por garantizar la libertad de la Iglesia frente a los poderes de este mundo.

Y, ahora, a trabajar. El Reino de los Cielos está en tensión…

José Francisco Serrano Oceja

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