Lunes 11/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Flores de un ateo

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En el cruce de las más variadas noticias que nos asaltan de continuo, a veces vale la pena parar la atención, aunque sólo sea un momento, en sucesos sin especial relieve pero llenos de un sabor especial que transmiten esa riqueza, y maravilla, de vivir que apenas se hace notar. De vivir, y de gozar viviendo.

Uno de esos acontecimientos, hechos, que ni siquiera necesitan una "interpretación" a lo Nietzsche para estar repletos de aroma humano y divino, es el que narro a continuación.

Salía de la sacristía camino el confesionario, cuando se me acercó un hombre con un ramo de claveles, en plena lozanía, en su mano derecha. Su rostro no me era del todo desconocido, pero hacía ya tiempo que no lo veía en el templo.

-Un amigo, me dijo, no quería traérselos personalmente, y como yo tenía que pasar por aquí, me rogó que se los entregase, con el encargo de que los pusiese en el altar,cerca del Sagrario.

-¿Conozco yo a su amigo?, le pregunté.

Sin ningún inconveniente me dio su nombre. Sonreí y le pedí que le transmitiera las gracias y que pondría enseguida los claveles ante el Señor. Como así hice, antes de sentarme en el confesionario y comenzar a atender a los penitentes que ya comenzaban a llegar.

¿Quién era, es, el "amigo"?

Un hombre ateo. Un hombre inteligente y buen profesional, que decidió romper con Cristo hace ya un buen puñado de años. De vez en cuando cruzamos algunas palabras, reflexionamos sobre la vida, la muerte, la amistad, la familia,etc. La complejidad del vivir y de las situaciones le llevó a encerrarse un poco demasiado en sí mismo, a no querer complicarse con un Dios a quién no veía, y que además era Uno y Trino; y para colmo, se había encarnado, se había hecho uno de nosotros.. ¡Demasiada carga para su cabeza, comentaba!

Hacía algún tiempo que no lo veía; pero de vez en cuando me mandaba alguna señal de su "inquietud". A los dos nos dice algo la buena poesía, y unos meses atrás me envió un papel en el que había copiado estos versos de " A orillas del Sar", de Rosalía de Castro.

"Yo no sé lo que busco eternamente // en la tierra, en el aire y en el cielo; // yo no sé lo que busco; pero es algo // que perdí no sé cuándo y que no encuentro, // aun cuando sueñe que invisible habita// en todo cuanto toco y veo".

Yo le contesté, también con un escrito a mano, y a tinta, en el que me limité a recordarle que teníamos que vernos pronto, y terminé diciéndole: "Tu no buscas "algo"; tu buscas a "Alguien", y lo encontrarás. Un abrazo"

El día anterior había leído que en Kazaystan se había construido una iglesia -catedral de una nueva diócesis- en los terrenos ocupado durante la última guerra mundial por un campo de concentración y de exterminio de Stalin y del partido comunista ruso. Mi amigo, en sus tiempos universitarios soñó con "la liberación del hombre" que prometía Stalin. Le costó aceptar el engaño y los crímenes, y vivir la dura etapa de rehacer su espíritu.

Los católicos kazajos rezan por quienes les asesinaron. ¿Habrá comenzado mi amigo a descubrir a ese "Alguien" que llena de caridad los corazones de los kazajos para consigan perdonar, y que quiere darle a él la paz en sus "inquietudes"?

Al comenzar la celebración de la Santa Misa, dejé caer una mirada de cariño sobre los claveles

Ernesto Juliá Díazernesto.julia@gmail.com

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