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Tribunas

Lo que Europa le debe al islam o el error de identificar árabe e islámico

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Un artículo de...

Pilar Gonzalez Casado
Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

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Los musulmanes afirman con orgullo que el islam contribuyó poderosamente a formar la identidad cultural europea. Fue la vía por la que llegó a la España medieval  en el siglo XII el saber clásico griego del que surgiría el Renacimiento. No hace mucho, Houssien El Ouariachi, presidente de la Fundación Onda, hacía esta misma afirmación en el semanario Alfa y Omega (14/9/2017): «Fue España y el islam español o andalusí el germen del Renacimiento europeo, la vía de conciliación de Europa con su pasado clásico. Córdoba y Toledo tradujeron todo el saber del mundo conocido del árabe al latín, las obras de filósofos, científicos y poetas andalusíes fueron enseñadas en las principales universidades europeas que produjeron a su vez a grandes mentes renacentistas».

Esta exposición es una verdad a medias porque es un claro ejemplo de un error que habitualmente cometemos y que consiste en identificar lo árabe con lo islámico. Baste el ejemplo de las traducciones de textos filosóficos para deshacerlo. Tanto el libro del arabista J. Vernet, Lo que Europa debe al islam de España, que menciona Houssien El Ouariachi en otra parte de sus declaraciones, como uno más reciente de R. Brague, Mitos de la Edad Media. La filosofía en el cristianismo, el judaísmo y el islam medievales, que no aparece en esas declaraciones, dejan claro un hecho: que la sabiduría griega en árabe que llegó a España había sido traducida en Bagdad en el siglo IX.

Allí la tradujeron, primero del griego al siriaco y, después, del siriaco al árabe, los traductores de las comunidades de cristianos de  Mesopotamia. Eran los continuadores de la labor traductora iniciada varios siglos antes en las antiguas escuelas episcopales de Edesa, Nisibe, Amida o Antioquía. Al patriarca nestoriano Timoteo I, contemporáneo del califa abasí al-Mahdi, se le atribuye una traducción siriaca de parte de la obra de Aristóteles. El cristiano jacobita Yahya b. Adi, originario de la ciudad iraquí de Takrit y discípulo del filósofo musulmán al-Farabi, también tradujo y difundió la obra aristotélica en árabe. Y al nestoriano Hunayn ibn Ishaq se le considera el iniciador de la traducción sensus de sensu en árabe, la que privilegia la idea expresada por una frase frente a la  traducción literal del significado de cada uno de sus términos, además de ser el creador de numerosos neologismos médicos salidos de los textos de Galeno.

Por su parte, la Europa latina de los siglos XI y XII, también conocía la obra del filósofo griego gracias a las traducciones de Boecio y a las traducciones del griego que había hecho Jacobo de Venecia. En el siglo XII llegaron a Toledo los textos árabes de los nestorianos de Bagdad, que, junto con las traducciones realizadas por R. Grossatesta, obispo de Lincoln, y el dominico G. de Moerbeke, nutrirían durante el siglo XIII parte del material aristotélico que utilizó la escolástica europea.

¿Qué le debe, entonces, Europa al islam? Únicamente el que la lengua árabe fuera uno de los vehículos a través de los que llegó el saber griego al suelo europeo medieval, pero no la autoría de las traducciones. La deuda de Europa es con la cultura árabe, creada por judíos, cristianos y musulmanes, y no con el islam. En cuanto a la financiación de las traducciones, en Oriente, al menos, parece que respondieron tanto a iniciativas privadas como estatales. Conviene recordar en este punto que el califa no era la autoridad religiosa.

Los sabios musulmanes no se interesaron por la cultura griega ni por su lengua, que consideraban pagana, frente a la lengua sagrada del Corán, fuente de toda la sabiduría. Europa se ha amantado de los pechos de la cultura grecorromana, judeocristiana y árabe, alentada no por el deseo de apropiarse de otras culturas, sino por el de descubrir lo bueno y lo verdadero allá donde se encontrara, incluso aunque se hallara fuera de ella misma. En las obras de los Padres griegos de los primeros siglos es frecuente encontrar interpretaciones cristianas de los mitos de la Odisea de Homero. Ulises atado voluntariamente al mástil de la nave para no caer en la seducción del canto de las sirenas representaba para ellos el misterio triunfante de la cruz a la que Cristo se dejó atar para arrivar con éxito al puerto de la salvación.

Descubrieron lo que en el siglo XX señalaría la constitución Gaudium et Spes (58): los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la cultura humana, que la Buena Nueva consolida y restaura en Cristo, porque la Iglesia, dada su vocación universal, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble ni a ninguna raza ni a ninguna nación ni a ninguna cultura. De Europa se espera que siga alentada por este mismo espíritu, que continúe mamando de todo lo bueno y verdadero que cualquier cultura, que cualquier religión, que cualquier hombre, pueda ofrecerle. Rechazarlo sería caer en un error tan simplista como identificar lo árabe con lo islámico.



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