Domingo 24/06/2018. Actualizado 01:54h

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Eremitas en la ciudad

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Un artículo de...

Ángel Cabrero
Ángel Cabrero

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Recientemente he descubierto varios libros que tratan sobre la montaña, que hubiera leído de buen gusto. Al final lo he conseguido con “Las ocho montañas”. El libro del italiano Cognetti plantea un tema interesante. Aparentemente, en el comienzo, es una novela sobre montañeros, personas que aman la montaña. El padre del protagonista es un ejemplo típico de deportista que disfruta llegando a las cimas. Le entiendo. A los guías muchas veces nos achacan esto, que no dejamos tiempo para contemplar el paisaje.

Pero esta historia va mucho más allá, pues el segundo protagonista, Bruno, no ha salida apenas de su aldea, perdida en los Alpes italianos, casi en ruinas porque cada vez hay menos gente que viva en esos lugares. Pero el ideal de Bruno es vivir arriba, a 2000 metros, solo, defendiéndose con su trabajo para conseguir comida y con su habilidad para construir el refugio perfecto. Aunque pronto se llega a la conclusión de que la utopía del hombre solitario en la montaña es impracticable.

Quizá al considerar estas ideas de fondo uno se puede preguntar cómo se las arreglaban los eremitas del desierto. Sin necesidad de abrir una investigación exhaustiva, podemos suponer que el eremita podía conseguir lo mínimo para comer con las hierbas del campo o cultivando un huerto. Agua tendrían, aunque fuera poca. Pero en el monte hay un problema añadido que es la meteorología, las inclemencias, sobre todo del invierno, que no dejan vivir.

Dejando a un lado las dificultades físicas o económicas, que se manifiestan muy bien en esta obra, parece que hay un problema superior que es la soledad. El eremita no estaba tan lejos de la civilización como para que no fuera nadie a verle. De hecho, la vida ejemplar de estos hombres atraía a otras personas que iban, ocasionalmente, a dialogar con quien podía transmitir sabiduría. Pero, sobre todo, el eremita se retiraba del mundo para estar con Dios. No estaba solo.

Bruno y Pietro los personaje de Cognetti, no tienen el más mínimo planteamiento trascendente y escasa visión de la importancia de la familia. De hecho, la mujer que vive un tiempo con Bruno en las alturas se da cuenta de que lo más importante para él es la montaña, no ella. No se plantea a quien amar y en consecuencia es un hombre triste.

Y pensando en la soledad, en el aislamiento buscado, me venía a la cabeza el aislamiento en la sociedad de la comunicación. ¿Se puede hoy vivir solo? Seguramente tendremos algún amigo o conocido que afirma, con convencimiento, que él no está en las redes sociales, que no tiene wasap, que vive solo con el teléfono y poco más. Es posible incluso sentir un poco de envidia hacia esos eremitas de la sociedad, que son capaces de aislarse, aunque no sea totalmente.

Quizá la pregunta sea, ¿es conveniente ese aislamiento? ¿Se puede vivir desconectado? Y encontraremos personas para todo: los que tienen su móvil perfectamente utilizable, pero saben mantenerlo a raya; los que solo tienen correo y por lo tanto una conexión mínima con los demás. De todo habrá, pero nos sirve para pensar si es factible o conveniente vivir en solitario. Porque puede ocurrir que nos estemos cruzando con eremitas por nuestras calles.

Es fácil pensar en estas cosas cuando al leer esta novela tan interesante de Cognetti, que nos hacen estremecernos ante la soledad del hombre en medio de la naturaleza inhóspita.

Paolo Cognetti, Las ocho montañas, Random House 2018


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