Martes 24/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Emulación o envidia

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Un artículo de...

Ángel Cabrero
Ángel Cabrero

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Con frecuencia cuando una persona siente envidia, para disimular un poco esa emoción, tiende a pensar o a decir que es envidia buena. No se entristece por el bien ajeno, simplemente le gustaría tener aquello que no tiene. A veces se piensa, a veces se dice y, casi siempre, es una tapadera de las verdaderas pasiones, porque es muy difícil reconocerse envidioso. Pero la envidia existe, los envidiosos abundan.

Como los demás pecados capitales, la envidia es tan antigua como el pecado original –y si no que se lo pregunten a  Abel-, y es provocado por este. El pecado original lleva consigo un desorden en las pasiones, y lo que podría ser, sin más, alegrarse del bien ajeno, la soberbia lo convierte en comparación y tristeza. Hasta los pensadores más antiguos se han referido a esta inclinación del hombre soberbio. “Los griegos representaban la envidia como una mujer con la cabeza coronada de serpientes: símbolo de ideas perversas; con la mirada torcida y sombría, reflejaba la forma equivocada de interpretar el bien ajeno. El tinte del rostro era cetrino o cenizo” (Ugarte 2016).

No deja de ser sugerente que se tienda a representar al envidioso cetrino, lívido, porque la envidia, al parecer, provoca una constricción de los vasos sanguíneos. El envidioso aparece como persona osca, cerrada y triste. Lo que no está claro es si hay personas eminentemente envidiosas, o si en la mayoría de las personas hay procesos de envidia, de manera que podamos decir que pocos se salvan de tener algún momento en su vida de esa tristeza solo provocada por la soberbia de no admitir el bien ajeno.

Por eso el libro de Francisco Ugarte, breve, claro, es de gran utilidad para hacer un repaso. No hay nada mejor para crecer en la vida moral que ser consciente de los pecados, de modo claro y patente, y considerando lo ridículo de la situación. Es sorprendente la extensa bibliografía sobre el tema, de escritores de todas las épocas. Sin duda es algo que ha preocupado a muchos individuos: ¿cómo es posible que haya tantas personas que sufran, pasen su vida tristemente, simplemente porque no aguantan que otros sean más inteligentes, tengan más fortuna, consigan mejor trabajo?

El autor de este libro dedica un capítulo –son todos capítulos breves, como el libro en sí- a la malicia de la envidia. El daño que puede llegar a hacer en la propia persona, pues, quien se deja arrastrar por esas pasiones, con facilidad puede pasar la vida rabiando. Pero es que, además, como advierte el autor, el envidioso tiende a hacer mal al envidiado. Si tiene ocasión le pondrá la zancadilla del modo que sea, y siempre es fácil caer en la calumnia, en la difamación, que es la manera más canallesca y al alcance de cualquier tonto, de hacer daño, a veces irreparable.

Al lector le puede hacer mucho bien este libro, pues al percibir cuales son las causas de la envidia es más fácil que sea consciente del peligro de tal pecado y pueda ponerse en guardia para verla venir. La inferioridad, el verse, de pronto, por debajo de alguien cercano, en conocimientos, en simpatía, en éxitos sociales. Son causas frecuentes.

Pero no hay que olvidar que hay una envidia buena, que llamaríamos emulación, que supone una actitud positiva de crecer, de exigencia, ante el ejemplo del prójimo. La realidad es que tenemos múltiples ocasiones de aprender de los demás. Gracias a Dios tenemos a mucha gente a nuestro alrededor que nos da ejemplo. La actitud de imitarle, no por compararnos, es lo más lógico, porque la mayor de la veces en las que conseguimos crecer es porque vemos lo bueno en otros.

Francisco Ugarte, Envidia de la mala, envidia de la buena, Rialp 2016



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