Viernes 20/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Don Manuel

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La vorágine romana, que durará como mínimo un par de semanas más, aún sin la aplicación definitiva de las conclusiones de la Comisión de cardenales, llena de temas el saco no roto de la agenda periodística, que tiene que adaptarse a las connaturales limitaciones de tiempo y espacio.

Un artículo de...

Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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El pasado viernes se hizo pública la aceptación de la renuncia por edad del cardenal Manuel Monteiro de Castro como Penitenciario Mayor. Don Manuel es una personalidad eclesial íntimamente ligada a España, natural de la patria común de Luis Camôes, que ha restado importantes servicios en la historia contemporánea de nuestra Iglesia, entre otros cargos como Nuncio Apostólico. El 1 de marzo de 2000 fue nombrado legado pontificio para España y Andorra, siendo sustituido en el cargo el 2 de julio de 2009. El 3 de julio de 2009, Benedicto XVI le nombró Secretario de la Congregación para los Obispos.[

La nostalgia de la huella que monseñor Monteiro, en continuidad con Nuncios de épocas recientes, no hace fácil un balance a vuela pluma del servicio que monseñor Monteiro ha prestado a la Iglesia en España.

Al cumplimiento riguroso de las funciones encomendadas a los Nuncios, añadió su presencia elocuente en cada uno de los rincones de nuestra geografía humana y espiritual. Andariego, al estilo teresiano, siempre inquieto, en permanente actitud de servicio, se caracterizaba por el carisma de la acogida. Nadie se sentía extraño, ni extranjero, en su casa.

Si el recuerdo de monseñor Monteiro es ya un patrimonio común de una generación de nuestra Iglesia, no lo es menos su testimonio de sencilla y profunda vida espiritual, que cuidaba con más que mimo.

Sería injusto que el juicio sobre su servicio en España discurriera por la descontextualización de lo ocurrido aquel día del 15 de febrero de 2008, en el que se reunió, en la sede de la Nunciatura, con el entonces Presidente del Gobierno Jose Luis Rodríguez Zapatero.

Monseñor Monteiro, ya en Roma, se ha convertido en un acreditado embajador de la Iglesia en España, y de lo español. Las tornas se han mudado y ahora le llega el tiempo de dedicar su existencia a la vida espiritual y a la caridad, al tiempo que continuará prestando sus servicios al Papa en aquello que éste le encomiende. Y también a escuchar y a acompañar a quien lo necesita.

José Francisco Serrano Oceja

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