Martes 24/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Don Carlos, de Vallecas al Ritz

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Un artículo de...

Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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El Hotel Ritz es la historia de las pulsiones y pasiones que pernoctan en España, que se mira en los espejos del callejón del gato resguardada de las grandes luminarias. El Hotel Ritz es un sillón isabelino de bordes dorados, de cruzadas miradas, el lenguaje de los gestos y el susurro de las palabras. El hotel Ritz de noche no tiene nada que ver con el Hotel Ritz de día, el de los aseados desayunos de la política amable, donde se cambia el reloj de la historia y se pasa página.

El Hotel Ritz es la pista de baile de la puesta de largo de la Iglesia, el estreno cinematográfico en sonido estéreo; allí el nuevo arzobispo, y el timbre de su carisma, que lo tiene, y mucho. El Hotel Ritz es punto de encuentro, “Meeting point” de un aeropuerto que ahora está en silencio, oración por las víctimas del accidente aéreo, pero que, en cuestión de segundos, da la salida en la pista del discurso que despega y que atrae la atención. Un silencio reina en la cristiandad, que ya no es una cosmópolis fortificada.

Lo que no sé si sabe don Carlos Osoro es que la historia del Hotel Ritz también se ha escrito desde la bahía de Santander, el lugar al que tantas veces miró cuando se refugiaba en la playa de Somo a la sombra del santuario de Nuestra Señora de Latas. Allí, Francisco García escribió la historia de los hoteles de Madrid, de los más afamados hoteles de la capital de España. Y allí dijo que el Ritz es un escudo con balsones de pura aristocracia.

Y llegó don Carlos Osoro, de Vallecas al Ritz, por eso de que solo había dormido las horas preceptivas para que no se le nublara la mirada y viera con claridad que, quien le escuchaba en el Hotel Ritz, no era el alzacuello sino la corbata. Don Carlos sabe, y lo sabe el Papa Francisco de don Carlos, y lo sabemos quienes tomamos el pulso y la palabra al reloj digital del presente, que la Iglesia habla ahora en el nivel argumental de la experiencia humana, de los gestos, de las historias, la nueva narrativa. Los titulares no entienden de teología porque han convertido la teología en teología política. Y la teología política que le interesa al Papa es la de las manos manchadas de tocar la piel del pobre.

Don Carlos se crece cuando habla de la “pajarera” porque es el mejor, el más auténtico don Carlos. Don Carlos se expande por la sala cuando recuerda que tuvo que empezar a dar clase de matemáticas en el Colegio de los Sagrados Corazones de Torrelavega para dar de comer a los chavales que recogía en su casa. Don Carlos se crece, porque crece su corazón, cuando habla de las personas con problemas, de las mujeres con problemas, de los hombres con problemas, después de haber escudriñado la profundidad de su mirada. Don Carlos no cuenta ni la mitad de lo que sabe de política, porque probablemente piensa que la política oculta lo esencial. A don Carlos no le interesa la política porque lo suyo es ir de Vallecas al Ritz, y del Ritz a la casa de acogida de las Madres de san José de la Montaña. Para lo demás, no tiene tiempo.  

Don Carlos Osoro, en el Hotel Ritz, en donde se refleja una Iglesia que es bienaventuranza...

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