Lunes 23/07/2018. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Don Anastasio y sus misioneros

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Un artículo de...

Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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Regreso de la 71 Semana Española de Misionología en Burgos con un sabor agridulce.

Dulce, muy dulce, por el éxito de la semana, la más numerosa de asistentes de las celebradas en mucho tiempo. Un salón de actos plenario abarrotado. Una semana dedicada a la comunicación, a las redes sociales, que ha convertido a esa querida Facultad de Teología, a esa querida diócesis anfitriona, a esa querida OMP de don Anastasio Gil, en un motivo de esperanza fundada.

Burgos, y su Facultad, y los  amigos de esa escuela de raíces y razones, Carlos, José Luis, los profesores, desde la vieja guardia, desde don Manuel a ese gran teólogo y ejemplar sacerdote que es Santiago, todos ellos volcados en acoger a los misioneros, en convertir los pasillos de esa casa, después y antes de las conferencias y mesas de testimonios, en ágora de fraternidad, verdad y vida.

Y los misioneros y misioneras, los grandes protagonistas. De todas las generaciones, de todas las procedencias eclesiales, laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas, la buena gente del IEME, el amigo Modino, siempre en la avanzadilla amazónica…

Como se dice ahora en el mundo de los medios, la narrativa maestra de los misioneros es una narrativa exitosa para la Iglesia. Estar con los misioneros, compartir sus experiencias, escuchar su testimonio, aclarar el ingenio con la agudeza de la experiencia en las preguntas siempre certeras, es una gozada para mentes inquietas.

Los misioneros siguen siendo la marca blanca de una Iglesia que vive en medio de la camanchaca de la historia, esa neblina aymara de los Andes que impide la visión nítida, que da vértigo.

Dulce encuentro eclesial, en el que la palabra Iglesia y la palabra misión son algo más que nombres, son una experiencia de maternidad y de fraternidad, de sentido. Y con las celebraciones litúrgicas, de misterio con rostro de carne y divinidad.

Pero me he venido con un regusto de pequeña amargura, la amargura de la ausencia, del desaliento por no haber tenido con nosotros al artífice ese milagro misionero,  a nuestro querido don Anastasio, artífice de ese Tabor, que no ha podido estar porque lo suyo es, ahora, abrazar la cruz sin soltarla.

Los misioneros y la misionología en la Iglesia en la España contemporánea no se entenderían en su formulación renovadora sin el trabajo de un sencillo sacerdote, diría de un sacerdote de cuerpo entero y alma puramente sacerdotal, misionera, llamado Anastasio Gil.  

De los misioneros, Anastasio ha aprendido que no se debe esperar nada de este mundo, porque el agradecimiento siempre viene, como don, del cielo, de la intimidad con el Señor. Pero no estaría demás que a alguien se le ocurriera un acto de homenaje público a don Anastasio por haberse dejado literalmente la vida en este empeño de hacer visible la misión y a los misioneros, por hacer que la sociedad española, fragmentada, dispersa, despistada, se encuentre cada año con el rostro de los misioneros, ese norte de existencias. 

Bueno, quizá el éxito de la celebración de esta semana haya sido ese espontáneo homenaje a la coherencia.

Gracias querido don Anas.


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