Jueves 19/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Don Agustín

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Don Agustín. Así le llamaban los suyos, los más cercanos y los más lejanos. No se puede explicar la vida del fallecido, querido y recordado, arzobispo emérito de Valencia, cardenal Agustín García Gasco, sin referirnos al Madrid de don Ángel Suquía, al Madrid anterior del cardenal Tarancón, y al anterior de don Casimiro Morcillo. No podemos referirnos a don Agustín sin hablar de su inteligencia práctica y de su fino espíritu eclesial. En la capital de España, con el Seminario Conciliar como eje de operaciones, desde hacía muchos años, dos sacerdotes lideraban al mejor clero. Dos hombres que representaban formas complementarias de entender no a la Iglesia sino la respuesta de la conciencia cristiana y sacerdotal para los siempre nuevos tiempos, los preconciliares y los postconciliares. Sus nombres eran Agustín García Gasco y Francisco José Pérez y Fernández Golfín. El clero más joven de Madrid se dividió, por tanto, entre agustinianos y golfinianos; unos más pastorales, más activos, más en el camino hacia una frontera que se iba moviendo a medida que pasaban los años; los otros, más espirituales, más académicos, más arraigados y afianzados en las formas clásicas, más de siempre, más comunitarios, incluso. Tenían estos últimos la ventaja de contar con un maestro de sabiduría bíblica, don Mariano Herranz.

Y así estaba el clero de Madrid, cuando llegó el cardenal Suquía a orientar la hermenéutica de la continuidad del Vaticano II, que dice Benedicto XVI. Después de escuchar y atender sinceramente a la realidad de esta Iglesia capitalina, pensó que la más eficaz creación de la unidad pasaba por la propuesta de los dos líderes de los grupos más eficazmente mayoritarios e influyentes del clero como obispo auxiliares.

Y así lo hizo para inaugurar una época en la que no faltaron dificultades e incomprensiones. Como suele ocurrir con frecuencia, el arzobispo de Madrid tiene que desprenderse de uno de sus auxiliares para que auxilie esa forma de colegialidad que se llama Conferencia Episcopal, en un momento en el que se había producido un cambio que tenía mayores efectos en lo informativo que en la realidad del cuerpo episcopal. Para allá se fue don Agustín García Gasco, a la calle Añastro, vamos, después de que pusiera en marcha una de las iniciativas que más ha contribuido a la formación teológica del laicado español: el Instituto de Teología a distancia, no casualmente llamado San Agustín, que sirvió de lugar de acogida de un grupo de teólogos postconciliares que no encontraban asiento en los centros académicos pontificios clásicos. Con gran éxito, esta iniciativa hizo posible que don Agustín conociera la España eclesial más profunda.

Lo que pertenece a la Conferencia Episcopal siempre tiene fecha de inicio y de final. Le llegó el nuevo destino con la anuencia del Nuncio Monseñor Tagliaferri, y se fue a Valencia, Iglesia en la que ha disfrutado de las mieles de una fe viva. Allí, don Agustín habló y no calló; construyó, edificó y puso en marcha relevantes iniciativas que hoy son la marca de distinción de esa magnífica archidiócesis española, única en no pocos aspectos. Allí acertó en las más de las ocasiones; allí potenció y consolidó un grupo de obispos único, que no tiene igual, los obispos valencianos.

Descanse en paz don Agustín, hombre de la Iglesia, líder en la Iglesia de su tiempo. Descanse en paz quien supo acelerar y poner freno. Ya no me encontraré a don Agustín, por las mañanas, saliendo del garaje de su casa madrileña.

José Francisco Serrano Oceja

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