Lunes 23/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Dios es amor

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Un artículo de...

Daniel Tirapu
Daniel Tirapu

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"Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.

Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. 

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. 

El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá."(Corintios 13, 1)

Estas palabras de San Pablo, me acomplejan, pero no dejan de animar a dejarse inundar por el Amor de Dios. El Papa emérito Benedicto nos dejó tres encíclicas como tres joyas. La primera, Deus caritas est.

Ciertamente el eros griego y la erótica moderna reflejan que en esto del amor hay algo divino, como aspiración, inspiración o explosión; esto no es ajeno al cristianismo, pero es incompleto sino va acompañado y asumido por el agapé, que no busca el bien propio sino el bien de la persona amada.

En este sentido, el eros necesita voluntad, disciplina y educación. Sí, hay que educar para el amor, a los tres años, a los 15, a los 30 y a los 60. Distinguir el sentimiento del amor, el impulso de la reflexión, la maduración afectiva, el sacrificio propio de quien es fiel. Nadie quiere y ha querido tanto al mundo y a cada uno como Dios, por mucho que le fallemos siempre permanece fiel.

Pero también nos pide que le amemos no sólo de boquilla, sino con obras. El matrimonio resulta ser imagen de la unión de Cristo y su Iglesia. En este océano de la palabras y desierto de las ideas, conviene saber de qué  hablamos cuando usamos la palabra "amor". Basta con ir a la peluquería y leer una de esas revistas del “corazón” para no querer usar la palabra en bastante tiempo.

Pero hay un amor sublime, en los hombres y en Dios al que la encíclica nos empuja. Lo mejor leerla.


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