Miércoles 22/11/2017. Actualizado 07:29h

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Tribunas

¿Criogenización o inmortalidad?

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Un artículo de...

Jesús Ortiz
Jesús Ortiz

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En noviembre creyentes y no creyentes recordamos a nuestros difuntos con la persuasión de que no se han roto definitivamente los lazos de amor desde que murieron. Es algo que está en nuestra cultura cristiana y en la misma condición humana. ¿Será acaso sólo un recuerdo, una nostalgia o una fantasía? ¿No será más bien una ventana para divisar de lejos la vida más allá de la muerte? Y aún más ¿en qué consiste esa inmortalidad?

También se escribe sobre la criogenización de algún cadáver, como el de una niña inglesa de 14 años fallecida en el mes de octubre, pues algunos científicos están convencidos de que en 50 años será posible devolver a la vida a cuerpos que hayan sido criogenizados por empresas que lo cobran muy caro. En cambio otros, consideran que se está vendiendo solo una promesa, un deseo de vivir más allá de la muerte.

El experto en biomedicina, César Nombela ha escrito que «La vida saludable, los fármacos y otros tratamientos mejoran la probabilidad de vivir más y mejor; nada hay que permita plantear la inmortalidad a través de todo ello».

La fe cristiana en la resurrección

Sin embargo la verdad de fe «Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna» está en otro orden de certeza sustentada en la promesa de Jesucristo recogida en los Evangelios, por ejemplo:  «Dijo, pues, Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará. (...) Díjole Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre, ¿crees tú esto?» (Juan 11,21-27).

Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana, aunque desde el principio también haya encontrado incomprensiones. El Catecismo responde con precisión: «¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús» (Catecismo, n. 997).

No es una reencarnación

La muerte actual es el fin de la vida terrena y consecuencia del pecado, pero fue transformada por Jesucristo, como enseña el Apóstol: «Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia» (Filipenses 1,21). La novedad esencial de la muerte cristiana reside en que por el Bautismo el cristiano está ya sacramentalmente “muerto con Cristo” para vivir una vida nueva y definitiva, sin reencarnaciones que valgan, como enseña el Catecismo: «”La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin 'el único curso de nuestra vida terrena” (Lumen Gentium, n. 48), ya no volveremos a otras vidas terrenas. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez” (Hebreos 9,27). No hay 'reencarnación' después de la muerte» (Catecismo, n. 1013).

El pensamiento de la reencarnación viene a ser un sucedáneo del Purgatorio y contradice el ser personal de cada hombre o mujer en su unidad sustancial de alma y cuerpo, así como la fe en la resurrección de la carne, según dicen los obispos españoles: «Las modernas ideas reencarnacionistas no dejan lugar para la gracia de Dios, la única capaz de redimir al pecador y de purificar al justo, porque son incompatibles de raíz con la fe en que el mundo y el hombre son creación de Dios en Cristo. El ser humano, en efecto, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por eso ni una ni mil “reencarnaciones” bastarían de por sí para conducirle a su plenitud. No es el esfuerzo por salvarse a sí mismo lo que da plenitud al ser humano. Pues es Dios mismo, su vida eterna gratuitamente compartida con sus criaturas capaces de diálogo personal con Él, la que constituye la verdadera plenitud del hombre» (Esperamos la resurrección y la vida eterna, 26-XI-1995, n.21.).

Los “dormitorios“

En  cuanto al modo hay que tener en cuenta que no se trata aquí de imaginar el proceso, porque pertenece a los planes de Dios, sino de conocer mejor esa realidad y las características que tendrán los cuerpos resucitados. La teología considera que resucitaremos con el propio cuerpo. En efecto, el hombre es un ser en unidad personal, en el cual confluyen una realidad espiritual, que llamamos alma, y una realidad material, que llamamos cuerpo. En esta perspectiva encontramos una de las razones para el respeto al cuerpo, algo que desconoce la ideología de género al tratarlo como un objeto de experimentación y placer.

En cuanto a la manera de realizarse esta resurrección también podemos distinguir lo que afirma con certeza la fe de lo que es doctrina de los teólogos. De fe es que el cuerpo resucitará de tal modo que pueda decirse que es el mismo de antes de morir; sin embargo se pueden encontrar diversas explicaciones respecto a cómo se realizará esa identidad cor­poral en la resurrección. Cada uno será la misma persona pero de un modo nuevo.

Cuando se realice la resurrección de la carne, entonces el alma volverá a configurar su cuerpo resucitado, y así el hombre entero o persona recibirá el premio o castigo por sus obras. Por ello la fe nos lleva a respetar piadosamente a los cadáveres, que se entierran en lugar sagrado -sea en una sepultura o en un columbario para las cenizas-, una iglesia o un cementerio (dormitorio, en griego), así como el culto dado a las reliquias de los Santos; ambas son manifestaciones de la fe de la Iglesia en la resurrección del cuerpo.

Tenía razón el poeta latino Horacio cuando escribía "non omnis moriar": "no todo morirá en mí", para expresar el deseo de inmortalidad que cada hombre lleva en lo más íntimo de su ser. Se resiste a la aniquilación pues no se siente totalmente sometido definitivamente al tiempo ni a la muerte,  lo cual explica sus luchas y sus esperanzas. Son excepción los hombres que apuestan por la extinción y renuncian a dejar algún recuerdo al menos en este mundo.

Sin embargo la fe católica se proyecta más allá, pues la causa y razón fundamental de nuestra futura resurrección es el mismo Jesucristo, tal como escribe san Pablo a los de Corinto: «si los muertos no resucitan, ni Cristo Resucitó; y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe, aún estáis en vuestros pecados. Y hasta los que mu­rieron en Cristo perecieron (...). Pero no; Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que durmieron. Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos» (1 Co 15,16-21).

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