Miércoles 22/11/2017. Actualizado 07:29h

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Tribunas

China se consolida también como gran amenaza a la libertad religiosa

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Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Comenté hace una semana en ECD las previsiones globales del actual Congreso del Partido comunista de China. Al evento, casi inadvertidos entre los más de dos mil delegados, asisten representantes de cuatro religiones reconocidas: entre ellos, los obispos Giovanni Fang Xingyao de Linyi (Shandong) y José M. Yinglin de Kunming (Yunnan), respectivos presidentes de la Asociación Patriótica y del Consejo de Obispos chinos, organizaciones no reconocidas por la Santa Sede: una concesión casi patética, que cela el gran deseo de Hi Jinping de que nada externo al régimen tenga cabida en la configuración del futuro del continente amarillo.

En su agotador discurso de apertura, que tanto recuerda los viejos usos soviéticos, ninguna referencia a la libertad religiosa, derecho humano irreconocible por el sistema. Al contrario, la guía de la sociedad, también en el plano ético y religioso, corresponde al Partido. No deja de resultar paradójico que, desde el ateísmo limitante de sus miles de miembros, reciba la misión de conducir a las diversas confesiones autorizadas para la construcción de la sociedad socialista, con las características propias, sin influencias “extranjeras”.

Las personas de buena voluntad, como el cardenal John Tong Hon, de Hong Kong, siguen apostando in spe contra spem, por un acuerdo entre la Santa Sede y el gobierno de China que encauce la evidente vitalidad religiosa del cristianismo. Pero no parece que el líder esté por esa labor. A pesar de tantos esfuerzos durante los últimos tres pontificados, con un trabajo heroico del cardenal Roger Etchegaray, Pekín se empeña en mantener la llamada iglesia patriótica, autónoma e independiente de Roma (es decir, dependiente del partido comunista chino, aunque ya no insulte al Vaticano con el desprecio de Mao hacia los “perros callejeros del capitalismo”).

Como se recordará, Benedicto XVI mostró una especial solicitud por China, sintetizada en la carta que envió en 2007 y en la institución de la jornada mundial de oración por la Iglesia en China en la fiesta de María Auxiliadora, patrona de aquel continente, venerada popularmente en el santuario de Sheshan, no lejano de Shanghái. Impulsó diversas iniciativas, para intentar drenar las fisuras entre patrióticos y clandestinos, reflejando también la concordia real de la mayoría de los bautizados en su búsqueda sincera de la persona y la doctrina de Cristo. Francisco sigue buscando soluciones, con gestos que no es preciso repetir.

Es sabido que obispos ordenados sin el mandato papal, no omiten a diario las preces litúrgicas por el Romano Pontífice y reconocen su primado y su autoridad universal, aunque no lo proclamen ante las autoridades civiles. Esta realidad es compatible con la pervivencia de la crítica de clandestinos a  los lapsi, como en la Roma tardoimperial. Pero no sería difícil llegar a soluciones: sólo que el régimen de Pekín sigue en sus trece contra los derechos humanos, como recordaba en su editorial El País del 21 de octubre, aun sin mencionar la libertad religiosa: “lo más grave es la situación de los derechos humanos en un país donde la libertad de expresión no existe, el control del aparato en el poder sobre los nuevos medios tecnológicos es asfixiante, la seguridad jurídica equivale a buscar favores de funcionarios y jueces y donde la disidencia, por más pacífica que sea, es perseguida con saña, como se ha comprobado recientemente con el caso del Nobel Liu Xiaboo”.

En la lucha por la libertad en China ocupan un lugar relevante los profesionales del derecho, a pesar de las evidentes limitaciones. Se comprende la persecución oficial que sufren. Y se entiende también que las conversiones al cristianismo no procedan mayoritariamente de las clases sociales desfavorecidas, sino de universitarios, profesionales diversos, gentes de la cultura y la comunicación: en definitiva, una minoría que puede ser fermento para la evolución de un sistema centrado en el bienestar económico, pero sin respuesta válida para las grandes preguntas humanas sobre el sentido de la vida y de la muerte, del dolor y la felicidad. El PCCh gana una batalla, pero perderá la guerra.




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