Domingo 22/07/2018. Actualizado 01:00h

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Tribunas

¿Cambios en la Iglesia?

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Un artículo de...

Ernesto Juliá
Ernesto Juliá

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Hace ya algunas semanas, un eclesiástico algo conocido concedió una entrevista en la que comentó diversas facetas de la situación de la Iglesia en el momento actual. Lógicamente expresó sus propias y personales opiniones.

A la pregunta de qué está cambiando hoy en la Iglesia, respondió:

“La Iglesia ha cambiado y tiene otro tipo de actitudes. Y así resulta atractiva a muchos jóvenes que hasta ahora vivían alejados. No podemos quedarnos esperando a que vengan a nosotros, tenemos que salir a buscar a esos jóvenes que antes no se animaban a venir a una Iglesia que consideraban  que no daba respuesta a sus problemas. Para esos es necesario un diálogo entre tradición y cambio. Si me encierro solo en tradición, será una tradición de naftalina. Pero si solo me pongo en la novedad, seré un veleta”.

El párrafo es lo suficientemente ambiguo como para dar lugar a cualquier tipo de interpretaciones. ¿En qué ha cambiado hoy la Iglesia, y cuál es ese otro tipo de actitudes? ¿Qué sentido tiene eso de “tradición de naftalina?

A lo largo de toda su historia la fachada externa y visible de la Iglesia ha cambiado continuamente: desde ña arquitectura de los templos a la presencia externa de sus autoridades. Ya no se construyen templos barrocos, por ejemplo; y en África a nadie se le ha pasado por la cabeza levantar templos semejantes ni siquiera cuando se comenzó allí la evangelización. La silla gestatoria del Papa en Roma, ha pasado a mejor historia, y no digamos la tiara pontificia y otros detalles semejantes.

Los misioneros que han recorrido paso a paso las tierras del planeta, se han olvidado pronto de sus tierras natales y se han hecho a los modos culturales a cada país, procurando eliminar de ellos lo que pudiera ser contrario al mensaje de Cristo, como ocurrió en la cuenca del Mediterráneo desde los comienzos. ¿Desde cuándo la Iglesia ha esperado que venga alguien a ella? Siempre ha ido a buscar las almas allí donde estaban, y vivir con ellas el santo proselitismo que Cristo nos ha invitado para que lo vivamos con todas las gentes hasta el final de los tiempos.

La Iglesia nunca ha separado la Tradición de la novedad de cada día. Es más ha vivido en la Tradición y en la novedad de cada situación cultural, espiritual, etc. que se le ha presentado En su sabiduría divina, la Iglesia ha injertado el espíritu de Cristo en muchas culturas, y sigue haciéndolo.

¿A qué problemas, de jóvenes, personas maduras, de ancianos, no ha dado respuesta la Iglesia? La Iglesia no es una escuela de sociología, de psicología, de economía, de política, etc., Y cuando anuncia clara y verdaderamente a Jesucristo que es “Camino, Verdad y Vida”, nos señala el cauce para resolver los verdaderos problemas espirituales.

Que en cada tiempo de la historia hay que hacerlo con palabras adecuadas, y con una disposición del alma abierta a cualquier repuesta positiva o negativa que aparezca, sin duda. A la vez, no podemos olvidar que la Iglesia tiene una misión muy precisa, que el Señor nos recordó poco antes de su Ascensión al Cielo: “Así está escrito que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y en su nombre había de predicarse la penitencia para la remisión de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén” (Lc. 24, 46-47).

Y acerca de la propuesta de la Iglesia a los jóvenes que no comparten la doctrina sobre la sexualidad, este eclesiástico comenta:

“Porque no la presentamos bien. Se muestra como una exigencia, como una camisa de fuerza, y no es así. La propuesta es la siguiente: ¿por qué no caminas un poco más y vas poco a poco, conociendo, descubriendo? (Se trata de caminar con los jóvenes y no tanto de decirles lo que tienen que hacer”, dice en otro momento de la entrevista)- Porque la sexualidad es una realidad que abarca a toda la persona, que no se puede reducir a la genitalidad. La sexualidad es una fuerza, pero una fuerza para construir la persona que se puede vivir a distintos niveles de profundidad, no para avasallar ni para esclavizar. Es un camino precioso y si les abrimos a los jóvenes esta perspectiva, este horizonte, claro que les encantará. No podemos quedarnos en esto no, esto otro tampoco…”

Con estas palabras tan genéricas y tan poco claras, ¿qué perspectivas se abren? ¿Se les recuerda a los jóvenes que el Señor quiere que lleguen vírgenes al matrimonio? ¿Se les dice claramente que el vivir la sexualidad rectamente descarta cualquier búsqueda del placer sexual con uno mismo o con otras personas? ¿Se les dice que vivir la sexualidad con personas del mismo sexo no es agradable a Dios? San Pablo ya lo recordó con toda claridad en los comienzos del caminar dela Iglesia: “No os engañéis, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios” (1 Cor 6, 9).

¡Estas palabras claras del apóstol que lejos están de ser “tradición en naftalina”!

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