Domingo 22/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

¿Basta la noción de género para conocer la propia identidad?

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Un artículo de...

Blanca Castilla de Cortázar
Blanca Castilla de Cortázar

Doctora en Filosofía y Teología, de la Real Academia de Doctores de España

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La noción de género es una herramienta legítima y necesaria para el análisis social que constata las diferencias culturales entre el varón y la mujer, y no necesariamente ha de estar ideologizada. Pero a la vez es una noción limitada que no llega al núcleo de la diferencia sexuada.

Los esquemas sexo-género nacen a mediados del siglo pasado en el marco de un debate de la edad moderna entre naturaleza y libertad, del que a su vez surgió la polémica entre naturaleza y cultura (modo de llamar a las realizaciones propias de la libertad), en los que ambas nociones son interpretadas como dos realidades previamente constituidas. De esta manera, su articulación vendría a ser a modo de una goma elástica de la que una y otra tiran de cada lado, con la pretensión de ganar cada cual el mayor terreno posible, incluso hasta absorber uno de los extremos en el otro.

En dicho contexto dualista, regido por ese extraño “tira y afloja”, el género ha absorbido y domesticado al sexo, convirtiéndose en una noción invasiva que lo abarca todo y que no significa nada. Pero si la diferencia varón-mujer fuera puramente cultural, como han defendido muchos entre ellas Simone de Beauvor, Margareth Mead o Judith Butler, se trataría de una cuestión que dependería únicamente de la propia autodeterminación, sin nada fijo que no pueda ser susceptible de cambio o de un enfoque contradictorio.

Sin embargo, a pesar del enorme don de la libertad, el ser humano no escapa a unas leyes, al menos en su corporeidad, y ahí se centran las leyes biológicas de las que se sirve la medicina. Por su parte, también se advierten ciertos universales psíquicos de los que se ocupa la psicología -y aplica la psiquiatría-, intentando conocer ese algo –tan complejo-, que constituye el psiquismo humano en el que aparece el subconsciente, los arquetipos colectivos, las ideas, las creencias, las preferencias, las actitudes, los impulsos, los deseos, las manías y los tipos de comportamiento. De aquí que la estructura psico-somática –sometida a ciertas leyes-, parece una evidencia innegable, como también lo es la libertad y las muchas posibilidades distintas que ofrece para solucionar unas mismas necesidades o problemas. De ahí que no sólo sea legítimo hablar de cultura sino de culturas.

¿Por qué entonces la naturaleza se ha opuesto a la cultura y el sexo al género, presentándolos unoversus el otro?

La experiencia muestra que el ser humano nace prematuro, sin terminar de desarrollar, que requiere de las relaciones con su familia, en primer lugar con su madre, de la educación, de las posibilidades del entorno, en otras palabras, de la cultura. El niño ha de aprenderlo todo desde andar, comer o hablar. Y la realización concreta de esas actividades es cultural, como lo es tener una lengua materna y no otra.

En el ser humano naturaleza y cultura se van entrelazando, siendo una la posibilidad para el crecimiento de la otra. De ahí que podríamos decir que la naturaleza humana es intrínsecamente cultural, es decir, su desarrollo es precisamente la cultura, porque cultura es y no biología, la educación o las posibilidades de desarrollo que ofrece cada sociedad o época histórica. Cultura es el fruto de las acciones libres no sólo hacia fuera sino incluso en el marco de la propia personalidad. No en vano el término cultura viene de cultivar, no sólo la tierra, sino el propio carácter y el propio espíritu. En este sentido el género es el desarrollo en la historia y en la biografía personal de la propia condición sexuada. Podríamos afirmar, por tanto, que el sexo es intrínsecamente género, paralelamente a como la naturaleza es intrínsecamente cultura, por lo que ve puede advertir que el género no lo es todo.

En todo caso para llegar a conocer donde radica la diferencia varón-mujer haría falta además llegar a un nivel más profundo que los esquemas sexo-género, aquél que de cuenta de la identidad personal y del modo de abrirse y donarse a los demás.

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