Viernes 20/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Ángeles en el Calvario

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Un artículo de...

Ernesto Juliá
Ernesto Juliá

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En la oscuridad del Calvario, acompañando al Hijo de Dios que vive la muerte del hombre y carga con el pecado del mundo, los Ángeles extasiados, mudos, guardan silencio.

Han oído el murmullo de las voces alteradas insultado a Jesucristo; retándole a abandonar la Cruz, a no redimir este mundo miserable; tentándole para que manifieste su Poder, y se olvide de su Amor, y de su Misericordia..

Han contemplado, maravillados, el abandono de los discípulos, la cobardía y el miedo de los Apóstoles. En su día, los Ángeles anunciaron gozosos la venida del Salvador:

“Gloria a Dios en el Cielo y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

En el Calvario, ¿ni un hombre de buena voluntad está al lado del Hijo de Dios, del Hijo de su Creador y Padre?

Los Ángeles se unen a los hombres y a las mujeres que, llorando y dándose golpes de pecho, descienden del Calvario pidiendo a Dios perdón y misericordia.

San Miguel, vencedor del Dragón, de Satanás, vive la indiferencia de la cohorte romana, que aplica al pie de la letra el protocolo de la crucifixión. Y lo hace, sin que ninguno de los soldados se inmute. ¿Donde está la Gloria de Dios? Su grito: ¡Quién como Dios!, se agota en el silencio y el llanto;...y en el desprecio de quienes siguen insultando a Cristo en la Cruz.

San Gabriel un día dijo a María, en el recogimiento de la oración “No temas María, has hallado gracia ante Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Este será grande se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 30-33). Hoy guarda silencio. ¿Un Rey  eterno muerto, crucificado, blasfemado clavado en una Cruz?

San Gabriel acompaña a la Virgen María en la soledad de la muerte de su Hijo en Cruz. El Arcángel sabe que “no hay dolor como su dolor”. Y en silencio, como un día contempló la humildad de la Madre de Dios, contempla ahora, mudo, la humildad de Dios.

“Se anonadó a Sí mismo tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, en su condición de hombre, se humillo a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz” (Fil 2, 7-8).

Y con los Ángeles, toda la creación contempla en silencio, muda, la muerte de su Creador. Las entrañas del universo se conmueven. Él que nos ha dado la Vida, ¿es vencido por la muerte?

Por el pecado entró la muerte en el mundo. Y con la muerte y el pecado, las destrucción del hombre, la destrucción de la criatura querida y amada por Dios, a la que ha creado “ a su imagen y semejanza”.

¿Puede el Creador abandonar el hombre a su suerte, dejar que el hombre, y el Ángel, fue el primero que pecó, destruyan su obra?

Atónitos ante la Cruz del Señor, los Ángeles piden perdón por el pecado de los Ángeles rebeldes; por la ofensa de Satanás y sus compañeros, y se conmueven al oír las palabras de Cristo:

“Padre, ¿por qué me has abandonado?”

Todos a una, los Ángeles y los Arcángeles, los Serafines y los Querubines, los Tronos, las Potestades y las Dominaciones,  toda la corte celestial, elevan su corazón arrepentido y lo dejan ante Dios Padre. Quieren vivir con Cristo el peso del pecado; y se unen al clamor de todos los pecadores arrepentidos del mundo.

“Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónale Señor”

Y en silencio de lágrimas, acompañan a Cristo en su último suspiro. Y arrepentidos y clamando a la misericordia, le dicen:

Por los tres clavos que te clavaron

Por las espinas que te punzaron

Por la apertura de tu costado

No estés eternamente enojado

Perdónale Señor”

Cristo escucha en silencio, y en la paz del triunfo sobre el pecado y sobre la muerte, anuncia ya la Resurrección y dice su última palabra:

“En tus manos encomiendo mi espíritu”. Y dicho esto, expiró.

“Por las tres horas de agonía

En que por Madre diste a María

Perdónale Señor”.

El silencio de los Ángeles, de los hombres, de las altas montañas, de las simas del mar profundo, del latir del corazón de un recién nacido, cerró el firmamento la noche del Viernes Santo, en espera de la Resurrección.

ernesto.julia@gmail.com



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