Martes 22/05/2018. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Alfonso Coronel de Palma

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Un artículo de...

Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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A veces, escribir es llorar. Como en esta ocasión.

La noticia repentina me llegó de madrugada por un sms de un común amigo. Un sms de esos que hay que leer varias veces trascendiendo la impresión de irrealidad del primer vistazo: “Desde el gran cariño y admiración que te tenía Alfonso Coronel de Palma, que sabes comparto plenamente, te participo la tristísima noticia de su muerte repentina”.

Quien fue presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, de sus obras,  y de la Cadena Cope, iniciador de los Congresos Católicos y Vida Pública, había fallecido repentinamente a la edad de cincuenta y cuatro años.

No se trata ahora de escarbar en los años pasados por Alfonso al frente de, permítaseme esa denominación, esas empresas eclesiales tan queridas. Algún día las memorias, o los diarios en forma de descargo de conciencia, reflejarán nombres, episodios, encuentros y desencuentros. Coronel de Palma siempre quiso servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida. Un lema, por cierto, también en algunos momentos puesto por algunos en entredicho.

No es fácil glosar la personalidad de un amigo, de un hombre bueno, con todas las letras de la palabra bueno, simplemente bueno. Si pecó de algo es de una aparente ingenuidad que le hacía ver el lado oscuro de la vida desde la luminaria de la bondad natural, perspectiva propia de quienes no se rinden a la “amartía” que caracteriza el mundo como categoría teológica.

No era un hombre de juicios de valor, lo suyo era admirarse de lo que veía, de lo que oía. Nunca tuvo rencor ni actuó por rencor, aunque fuera injustamente tratado. Nunca perdió ese ejercicio de entender la realidad como un don de Dios. La vida que es admirable, por muy manoseada que se nos aparezca.

Alfonso era un hombre que creía en la gracia de Dios, y por eso tuvo siempre claro lo que significaba la naturaleza del hombre. Como el Papa Francisco, se definía como un pecador que ha sido bendecido, perdonado, por Dios. Amigo de sus amigos, tenía fama de cierto desaliño de indumentaria despreocupación. Sin embargo, sabía de responsabilidades, de bien común y de lo que significa pensar en el otro antes que en sí mismo.

Siempre me sorprendió el espíritu sobrenatural con el que afrontaba los éxitos y los fracasos.  Podría poner múltiples ejemplos. No es el momento. Porque creía en la gracia de Dios, principio de esperanza, nunca se rendía. Dios siempre es más y Dios siempre sabe más.

Demostró paciencia con los impacientes, y caridad con los que practicaban un juego demasiado apegado a la tierra. Era un hombre providencial, con una piedad sin afectaciones, recia, española, diríamos. Era un católico en la vida pública que no siempre fue bien comprendido. Creía en su conciencia, apostaba por la conciencia que sobrevuela el trueque político.

Ejemplar padre de familia, su esposa Mercedes, el amor de su vida, y sus hijos hoy nos recuerdan que Alfonso Coronel de Palma pasó haciendo el bien. Y de eso, algunos, somos testigos. Y nunca lo olvidaremos.





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