Lunes 11/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

¡Alabado seas, Dios creador omnipotente, casa común de cristianos y musulmanes!

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Un artículo de...

Pilar Gonzalez Casado
Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

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La encíclica del Papa Francisco Alabado seas publicada esta semana dialoga acerca de la casa común de todos los hombres: el mundo que el Creador entregó a su criatura predilecta. El pecado transformó la relación armoniosa entre el hombre y la tierra en una relación destructiva que ha deteriorado y deteriora a ambos. Las religiones tienen algo que decir para sanar este deterioro mutuo.Contemplar la presencia divina impresa en lo creado y adorar al Señor por todas sus criaturas y junto a ellas, revela la verdad sobre la creación, un don para el hombre surgido de la mano abierta del Padre de todos, y restablece la relación original. El documento finaliza con dos oraciones por la tierra, la primera de ellas, para todos los que creen en un Dios creador omnipotente.

La creación es lugar de encuentro entre el cristianismo y el islam. Diseminadas a lo largo del Corán, emergen las líneas bíblicas esenciales sobre ella: Dios crea en seis días el cielo y la tierra, forma al hombre de arcilla y crea el sol y la luna y los pone al servicio de éste. El capítulo 55, que enumera las diferentes obras del Creador (astros, piedras, plantas, frutos, semillas, hombres, genios, aguas y regiones celestiales y terrestres) y que repite treinta veces el estribillo «¿Cuál, pues, de los beneficios de vuestro Señor negaréis?», es un salmo coránico de alabanza al Creador por los beneficios de sus obras para el hombre. En la creación se encuentran las huellas divinas en las que éste puede descubrir la existencia y la generosidad de Dios: «En la creación de los cielos y de la tierra, en la sucesión de la noche y el día, en las naves que surcan el mar con lo que aprovecha a los hombres, en el agua que Dios hace bajar del cielo, vivificando con ella la tierra después de muerta, diseminando por ella toda clase de bestias, en la variación de los vientos, en las nubes, sujetas entre el cielo y la tierra, hay, ciertamente, signos para gente que razona» (Corán 2, 164). Descubrir esto signos es la tarea que emprenderá el sufismo, la mística islámica.

La diferencia entre cristianismo e islam se inicia con el pecado de Adán y culmina con el motivo de la creación. Según el Corán, el pecado afectó exclusivamente al primer padre como ser personal, le hizo perder el paraíso y la cercanía de Dios pero no afectó al resto de lo creado. Cada criatura es tomada en su singularidad, sin comunicación con las demás, y está vinculada únicamente con Dios. La presencia del mal en el hombre se explica porque es un ser proclive al mal y a la rebeldía contra Dios. Para el islam, el motivo de la creación es la omnipotencia divina: a Dios, para crear con su palabra, le basta decir a una cosa que sea y ésta es. Para el cristianismo, la creación pertenece al orden del amor (Alabado seas, 77) y es obra de las tres personas de la Trinidad (Alabado seas, 238). El sufí murciano Ibn Arabí (s. XII), cualificado representante del islam más espiritual y neoplatónico, vislumbró que la creación, incluida la del hombre, era fruto de la clemencia y misericordia divinas: «Del amor hemos nacido, del amor fuimos creados; por eso al amor tendemos y amor nos toma en sus brazos» (Futuhat II, 426). Dios es amorosa ansia de auto-manifestación, de conocimiento y de amor. Sin embargo,este amor no le llevó, como en el cristianismo, hasta el extremo de entregarse por su criatura: una persona de la Trinidad, la Palabra encarnada, se insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz (Alabado seas, 99) y llevándolo a la plenitud con su resurrección (Alabado seas, 83). El Dios uno absoluto e impersonal del islam coincide con el Dios uno, trino y personal cristiano en su omnipotencia creadora; las dos religiones pueden suplicar así al Todopoderoso que derrame su amor para sanar la vida de todos los hombres y proteger el mundo creado en la marcha de todas sus criaturas hacia su luz infinita.


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