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Un artículo de...

Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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El nuevo curso eclesial comienza sin grandes acciones, ni perspectivas de cambios profundos en el horizonte. El Papa Francisco lo llena todo y la tónica general es mantener engrasada la línea directa con Roma, en un proceso de actualización, renovación y reforma según los presupuestos de la “Evangelii Gaudium”.

Es cierto que la Iglesia es un organismo vivo y complejo y que los muchos niveles de actuación mantienen velocidades distintas. La Iglesia, en genérico, es un gran buque y un giro radical en su dirección puede partirla por el eje. De ahí que se producen ligeros movimientos en la orientación, que en unos casos son más acelerados que otros. Por ejemplo, una cosa es la Conferencia Episcopal, con sus rutinas, procesos internos, mecanismos de motivación, equilibrios, consignas, y otra muy distinta las diócesis.

La pregunta que no pocos se hacen es si la perspectiva de este nuevo período, que implica modificaciones evidentes en la comprensión pastoral que propone este pontificado, tiene detrás un diseño completo hecho desde la Iglesia en España, responde más a los dictados que vienen de fuera, o se confirma la tesis de un cambio a trompicones.  

Quizá uno de los problemas primeros para este cambio de perspectivas, y para sus consecuencias pastorales, es la división inicial que colocaba a los obispos, a los movimientos y realidades eclesiales, a los actores, en grupos, entre los que se pueden definir como “francisquistas” y los que no.

Pero, ¿quién dice que un obispo es “de Francisco” y otro no; ¿quién afirma que un movimiento sigue las líneas marcadas por el Papa y otro es reacio? Y si hay alguien que lo dice, ¿cuáles son las intenciones por y con las que lo dice? Un presupuesto que ha complicado más que facilitado los procesos.  Muestra de ellos son algunos debates en el interno del actual Comité Ejecutivo y de la Permanente de la Conferencia Episcopal.

Una visita del Papa a España, tal y como ha ocurrido en Colombia, alentaría este ejercicio de renovación de la Iglesia, que, hasta hora, se ha circunscrito principalmente a dos ámbitos: la manera de actuar ante cuestiones públicas y sociales de la Conferencia Episcopal –y los efectos en sus medios- y el nombramiento de obispos.

No parece previsible, por más que se esté intentando por todos los frentes, que el Papa Francisco venga a un país como España considerado como centro no como periferia.

Un dato relevante que sí es una novedad: la nueva agenda de temas que los obispos prescriptores introducen en el imaginario eclesial público. La dinámica del discipulado misionero adquiere una forma concreta, con iniciativas creativas que permitan su visibilización y su viabilidad. Ha llegado el momento quizá de dejar de repetir tópicos y generar realidades en las que se dé un protagonismo real a quienes son los sujetos activos de la nueva misión, de la Iglesia hospital de campaña.

Máxime cuando España se enfrenta a algunos envites políticos y sociales de primer orden sobre los que es necesario un discernimiento moral público en beneficio de todos. 


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