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Tribunas

Desde África: aires de sabiduría

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Un artículo de...

Ernesto Juliá
Ernesto Juliá

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“La sociedad keniata ha sido abundantemente bendecida con una sólida vida familiar, con un profundo respeto por la sabiduría de los ancianos y con un gran amor por los niños”. “Las familias cristianas tienen esta misión especial: irradiar el amor de Dios y difundir las aguas vivificantes de su Espíritu”.

El Papa Francisco ha hecho este elogio de la sociedad keniata en la homilía de la Misa en el campus de la Universidad de Nairobi. Un elogio que se puede aplicar también a cualquiera de las sociedades del África subsahariana, en las que la Fe y la Moral que los misioneros han plantado desde hace apenas cien años han echado raíces profundas.

Esas raíces han dado ya muchos frutos, y uno de ellos, es el cardenal Robert Sarah, de Guinea-Conakri, hoy cardenal romano, que en su reciente libro “Dios o nada” (Ed. Palabra), nos ha hecho llegar esos aires de sabiduría.

Su voz ha sonado fuerte y clara en el reciente Sínodo, también en controversia con quienes pretendían establecer una pastoral contraria a la milenaria pastoral de la Iglesia, basada en las enseñanzas de Jesucristo; y de las que su familia es un claro ejemplo.

El dictador guineano Séku Turé tenía previsto –había señalado ya el día- acabar con la vida del Cardenal. Antes de llevar a cabo sus planes, murió. Robert Sarah comentando lo sucedido señaló que Dios se había adelantado a los planes de Séku Turé.

¿Qué nos dice en su libro, que ha aparecido simultáneamente en varios idiomas, después de la extraordinaria acogida que tuvo su primera edición francesa?

Con serenidad, paso a paso, página a página, es una expresión profunda de Fe, y de muy buen razonar. No sé si habrá tenido en la cabeza estas palabras del entonces cardenal. Ratzinger: “Los sistemas ateos que dominaron por tantas décadas las naciones del Este nos han mostrado adónde se dirige una sociedad sin Dios. Una sociedad que excluye a Dios de una manera consciente y lo relega por completo a lo privado se autodestruye”; pero su eco resuena en esta precisa afirmación de su libro, que nos recuerda la necesidad de la Fe:

“Es urgente que Occidente fije su mirada en Dios y en el Crucificado, en “Aquel a quien traspasaron”, que recupere su confianza y su fidelidad al Evangelio; que se sobreponga a su cansancio y no se niegue a escuchar “lo que el Espíritu dice a las Iglesias”, aunque sean africanas…” (pág. 343).

Después de hacer alusión varias veces a lo largo de las páginas del libro a la armonía de Fe y Razón, de Ciencia y de Fe, su alma sacerdotal vuelve a proclamar su Fe:

“Sólo Cristo permite la plena y total realización del hombre. Jesús hace entrar al hombre que cree en Él en la comunión trinitaria. El verdadero progreso permite al ser humano asumir sus orígenes al encontrar a Dios: es el camino hacia el Padre. El verdadero progreso pone nuestra mirada, nuestros esfuerzos y nuestra esperanza en las cosas de la eternidad” (pág. 227).

Y a propósito de quienes pretenden ser “misericordiosos” dejando a un lado la Verdad, no le tiemblan las palabras:

“Mientras que hay cristianos que mueren por su fe y su fidelidad a Jesús, en Occidente algunos hombres de Iglesia quieren reducir al mínimo las exigencias del Evangelio”

“Llegamos incluso a utilizar la misericordia de Dios, silenciando la justicia y la verdad. (…) En realidad el verdadero escándalo no consiste en la existencia de pecadores, pues para ellos existe siempre la misericordia y el perdón, sino en la confusión entre el bien y el mal que se da entre los pastores católicos. Si hay hombres consagrados a Dios que ya no son capaces de comprender la radicalidad del mensaje del Evangelio y pretenden anestesiarlo, estamos errando el camino. Ahí está la auténtica falta de misericordia” (pág. 341).

Dios o nada”. El título es ya en sí mismo un auténtico reto, a la vez que una maravillosa luz que nos viene de África, una luz que transmite el eco de san Agustín de buscar a Dios, de encontrar la Verdad en Cristo, de vivir la Vida en Cristo.

“Nuestro mundo se halla a menudo tan confuso como san Agustín. Busca ardientemente, sin saber dónde se encuentra la verdad. Busca mil caminos para llegar a creer en la vida eterna. Busca en mil paraísos artificiales la felicidad, la sencillez y la belleza. En medio de la niebla y de la luz, nuestro mundo busca a su Padre y su Dios. Porque el corazón del hombre –del hombre que le conoce o del que aún le está buscando- cuenta ya con la presencia luminosa de Dios” (pág. 345).

Simples pinceladas de la sabiduría cristiana, enraizada en el alma de un africano, que nos transmite, con palabras claras y precisas, el cardenal Robert Sarah.

 

Ernesto Juliá Díaz

ernesto.julia@gmail.com

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