Miércoles 13/12/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Advertencias del maestro Juan de Ávila

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Es hora de hablar de san Juan de Ávila y de su inminente doctorado. Los obispos españoles asistirán prácticamente en pleno a la ceremonia romana. Algunas diócesis han movilizado a su clero y a sus fieles, y no será menor el colorido de fiesta hispana en la plaza de San Pedro.

El hecho de que Benedicto XVI haya querido unir los nombres del santo español y el de santa Hildegarda de Bringen, un mujer en el centro de Europa y de la cultura de su tiempo, no es una casualidad. Máxime si añadimos que su proclamación de doctores universales se hace en el pistoletazo de salida del Sínodo para la Nueva Evangelización. El mensaje, y el medio, está claro.

Llega a su fin un deseo acariciado por la Iglesia en España y por los obispos, principalmente por aquellos de tradición salmanticense que fueron discípulos del gran historiador que recuperó la figura del Maestro Ávila: Luis Sala Balust. Durante mucho tiempo, antes y después del Concilio, la espiritualidad sacerdotal española tenía un referente: el beato Juan de Ávila, que no llegaba a los altares por la inexistencia de un Instituto religioso por él fundado. Hecho que suele facilitar el santo empeño de la proclamación de santidad. El trabajo del grupo de espiritualidad del Seminario de Vitoria, o de sacerdotes como Juan Esquerda Bifet, para que la forma espiritual de ejercicio del sacerdocio de san Juan de Ávila llegara al clero español se reconocerá algún día. Recomiendo a los lectores el reciente número de la revista "Anuario de la Historia de la Iglesia" (21/2012), de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, con un magnífico ejemplar dedicado al maestro Ávila.

Ahora, y gracias a la tenacidad de los sucesivos presidentes de la Conferencia Episcopal española de la época postconciliar, y al trabajo fecundo e incansable de la responsable de las causas de los santos, María Encarnación González, san Juan de Ávila será proclamado doctor de la Iglesia y su magisterio se extenderá por toda la geografía de la Católica.

De san Juan de Ávila se puede aprovechar todo, y no es poco lo que dijo, lo que hizo, lo que sugirió, lo que comenzó. Fue un hombre de constelación; un santo de una constelación sin par de santos, en unos siglos de la Historia de España a los que Benedicto XVI tiene peculiar afecto porque representaron la apuesta de la Iglesia por una modernidad no desbocada.

Atento a los problemas de su tiempo, reformador de la Iglesia, fue santo polifacético. Y nunca perdió el pulso vital de la historia. Valga un ejemplo de una de sus "Advertencias necesarias para los Reyes", la dedicada a los juegos de azar:

"El mal que viene de los juegos donde se pretende interese o ganancia, apenas se puede decir; y cuán prohibidos están por leyes de emperadores y reyes de España, cosa es manifiesta; y mucho más manifiesta cómo, sin ninguna vergüenza ni temor, se juegan tales cantidades, que es grima decirlas. Y lo que peor es que en la corte, y, como dice, en la faz del mismo rey, se juegan mayores cantidades que en otras partes, siendo ejemplo de maldad el lugar que había de ser de virtud. ... Muy grande remedio ha menester este mal, que es causa de grandes males" (BAC Maoir 2001, tomo II, p. 635).

José Francisco Serrano Ocejajfsoc@ono.com

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