Miércoles 13/12/2017. Actualizado 01:00h

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La alcaldesa de Panamá le entrega las llaves de la ciudad al P. Federico Llamas, sacerdote y misionero, por su labor en la diócesis coincidiendo con los 500 años de fundación

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Septiembre de 2013 será una fecha memorable para todos los panameños y también para la Iglesia en América. Hace 500 años que nació la diócesis de Panamá, la primera diócesis en tierra firme y la llegada de la fe al continente americano. Bajo el manto de Santa María de la Antigua, los panameños han celebrado con alegría este aniversario y han reconocido la labor de los misioneros por esta ciudad de Centroamérica. El P. Federico Llamas, tras 30 años de misionero en Panamá, ha recibido el honor de ser Hijo Meritorio de la ciudad de Panamá.

"Llegamos en el mes de diciembre, en 1983" Así comienza el relato del P. Federico Llamas. Este año cumple sus Bodas de Oro como sacerdote, pero por aquel entonces llevaba 20 años ordenado. Dos misioneros de la Congregación del Verbo Divino llegaron ese mes a tierras panameñas, el P. Norberto Kluken y el P. Federico Llamas. "Llegamos en la época de la dictadura militar, donde muchas cosas estaban restringidas, la gente vivía con mucho temor, fue una época tensa", cuenta el P. Federico. Ese ambiente difícil se contrarrestaba con la labor que tenían que hacer allí como cristianos. "La Iglesia vivía también momentos proféticos, de cercanía con la gente".

El P. Federico recuerda que todo comienzo es difícil. Cuando llegaron a la parroquia a la que estaban destinados, que cambiaría su nombre por Virgen de la Medalla Milagrosa, la gente no iba casi a Misa, el lugar donde vivían estaba muy retirado y los sacerdotes no podían estar tan cerca de las personas como les gustaría. Muchos esfuerzos fueron necesarios para construir la casa parroquial. Gracias a la ayuda de las personas se amplió el templo y los sacerdotes pudieron acercarse más a la gente. "Entendimos que no basta solo en lo material, también lo espiritual era esencial, el estar entre la gente", explica el P. Federico.

"30 años han pasado y aún nos mantenemos cerca de nuestra gente, viviendo otras épocas, viendo crecer un país y una iglesia" cuenta este misionero. "Celebro mis 50 años de ordenación sacerdotal en la misión, este año y fuera de mi patria, esto me hace recodar, los primeros misioneros de nuestra congregación que salían de sus países, con mucho ánimo por compartir la Buena nueva de Nuestro Señor". Su tarea al llegar fue variada y en ocasiones dolorosa, pero siempre con la esperanza plasmada en cada persona con la que se encontraban. Se dedicó a estar con jóvenes que se estaban rehabilitando de las drogas, también a acompañar los cursillos de cristiandad y al grupo de encuentro matrimonial. Hoy colabora con la pastoral bíblica en la parroquia Virgen de la Medalla Milagrosa.

"Muchos han sido los acontecimientos vividos y los que estoy viendo en esta misión en Panamá, los 500 años de la primera diócesis en tierra firme, bajo la protección de Santa María La Antigua, en cuanto a la vida del país" Se une la paradoja de una ciudad cada vez más modernizada pero con una situación social que este misionero considera "preocupante". La Iglesia, en este terreno "aparece proponiendo un pacto ético electoral a todos los sectores de la sociedad, con miras de celebrar con la democracia un mejor Panamá".

Estos 30 años de actividad no han pasado desapercibidos a la ciudad. Dos hechos muy importantes han subrayado el agradecimiento Por una parte el reconocimiento que ha hecho el Consejo Capitalino a la Congregación de los misioneros del Verbo Divino, por la contribución a fortalecer los valores y servicio espiritual a la comunidad panameña a lo largo de estas décadas. Por otra, la entrega de las llaves de la ciudad de Panamá por parte de la Alcaldesa y su Consejo Municipal al Padre Federico como Hijo Meritorio de la ciudad de Panamá. "En el fondo es un reconocimiento a la misión de muchos hombres y mujeres que trabajan desde el silencio, la solidaridad y caminando con el pueblo de Dios" explica el P. Llamas. En su valoración de estos años de presencia en Panamá ha declarado que "A todo esto puedo decir Gracias Señor, por haberme permitido vivir intensamente la misión, con las alegrías, pero también en los momentos duros, más, es allí donde realmente se aprecia lo que se hace de corazón".

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