Domingo 22/10/2017. Actualizado 01:00h

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En voz baja

Por qué los jóvenes no quieren casarse

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Al Papa Francisco le preocupa por qué los jóvenes no se casan, a pesar de que casi todos desean una seguridad afectiva estable y un matrimonio sólido. “Junto a otras causas, hay un miedo a equivocarse y fracasar que impide confiar en la gracia que Cristo ha prometido a la unión conyugal”, ha dicho en sus catequesis sobre la familia.

Otras causas que influyen son: emotivismo, personalidad adolescente y primacía del amor romántico.

Juan de Dios Larrú, doctor en Teología y director académico del Instituto Pontificio Juan Pablo II para el estudio del matrimonio y la familia explica lo que es el emotivismo: Un acto es bueno si lo “siento bueno”, es malo si lo “siento malo”. La moralidad de las acciones es según la emoción que despierta.

Sostiene que el emotivismo se transmite en la actualidad por el sistema educativo, que no educa los afectos y, por la imposición de una falsa idea de autonomía, que deja a la persona encerrada en sus emociones cómo único criterio de vida. Para Larrú, -coordinador del Departamento de Moral de la Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid- el emotivismo es un problema de la personalidad humana que hay que corregir, para poder afrontar adecuadamente el matrimonio. Los afectos son muy buenos, -es un lenguaje de Dios-, pero hay que saber asentarlos.

Muchos jóvenes llegan al matrimonio con una mentalidad adolescente,propia de sujetos emotivos, incapaces de hacerse cargo de las responsabilidades de la vida común.

“Esta fragilidad se agrava por la interpretación romántica del amor entre el hombre y la mujer que impide ver la fuente verdadera del amor esponsal”, explica Larrú. Superar estas carencias es una tarea que requiere un seguimiento pastoral, no basta con un cursillo de preparación.

Y por último, los jóvenes se dejan llevar únicamente por el amor romántico, amor obviamente necesario pero no el único. Considerar el amor meramente espontáneo fuera de toda obligación, conduce al fracaso. “Los jóvenes piensan que la verdad del amor se mide sólo por su intensidad. Cuando esto ocurre, el tiempo se convierte en enemigo del amor, parece que lo desgasta internamente”, sostiene.

El matrimonio como institución y realidad social se ve, entonces, como contrario al amor, pues lo encierra en obligaciones formuladas en normas jurídicas positivas.

El cristianismo cree, en cambio, que el amor es un acto de libertad que implica toda la persona y que su verdad está en el bien que promete, no en la intensidad con la que lo siente. Por eso mismo, la fórmula del consentimiento del matrimonio es una promesa.

El vínculo matrimonial, por consiguiente, se genera en el intercambio de promesas en la medida que remiten a una autoridad mayor, al mismo Dios. “Por eso, el tiempo ayuda a ver que la fuente del amor de los esposos reside en un Amor más grande que los precede; es este el que les da la roca firme donde construir una relación firme sostenida por el don divino”, afirma Juan de Dios Larrú.

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