Martes 19/06/2018. Actualizado 01:00h

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En voz baja

Monjas trapenses de Siria: “¿Cuándo callarán las armas?”

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“¿Cuándo callarán las armas? Nosotros, que vivimos en Siria, sentimos náusea por la indignación general que se alza para condenar a quienes defienden sus vidas y su tierra. En estos meses hemos viajado en repetidas ocasiones a Damasco; fuimos después de que las bombas rebeldes causaran una masacre en una escuela, y también estábamos allí hace unos días, al día siguiente del lanzamiento de 90 misiles desde el suburbio de Goutha, contra la parte gubernamental de la ciudad. Hemos escuchado a los niños que viven con temor de salir de casa e ir a la escuela, el terror de tener que ver a sus compañeros saltar por los aires, no pueden dormir por la noche, por el miedo de que un misil les caiga en su tejado. Miedo, lágrimas, sangre, muerte. ¿No son también dignos de nuestra atención estos niños?”.

Lo escriben en un mensaje enviado a la Agencia Fides, las monjas trapenses que viven en Azeir, una pequeña aldea siria en la frontera con el Líbano, a mitad de camino entre Homs y Tartus. Allí se alza el monasterio de una pequeña comunidad de seis monjas cistercienses (entre las cuales una novicia siria), que viven su “presencia humilde de personas orantes”. Las cuatro hermanas han querido seguir “la experiencia de nuestros hermanos de Tibhirine”, los monjes trapenses presentes en Argelia, que fueron asesinados por los terroristas.

Las religiosas añaden: “¿Por qué la opinión pública no se ha inmutado? ¿por qué nadie se ha indignado? ¿por qué no se han lanzado llamamientos humanitarios por estas personas inocentes? ¿Y por qué solamente cuando el gobierno sirio interviene en favor de los ciudadanos sirios, que se sienten ofendidos por tanto horror, nos indignamos por la ferocidad de la guerra y no antes?”

El análisis de las religiosas señala que “cuando el ejército sirio bombardea también hay mujeres, niños, civiles, heridos o muertos. Rezamos por ellos también. No solo por los civiles: también oramos por los yihadistas, porque cada hombre que elige el mal es un hijo perdido, es un misterio escondido en el corazón de Dios. El juicio lo debemos dejar a Dios, Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. 

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