Jueves 23/11/2017. Actualizado 01:00h

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Católicos

Australia podría ilegalizar el sigilo sacramental

Un sacerdote, sobre la pederastia: “Antes de violar el secreto de confesión, prefiero ir a la cárcel a ser ex comulgado”

Afirma, no obstante, que el presbítero debe poner todos los medios para que el penitente no vuelva a abusar de menores

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Una comisión que investiga abusos sexuales a menores en Australia ha recomendado modificar la ley para que los curas que tengan conocimiento de dichos abusos durante una confesión, estén obligados a denunciarlo a las autoridades. La Conferencia Episcopal de Australia ha manifestado su oposición a esta medida.


Una escena de la película Yo confieso. Una escena de la película Yo confieso.

¿Qué puede hacer un sacerdote si un pederasta se está confesando de sus pecados? ¿Cómo puede prevenir más casos sin violar el secreto de confesión? ¿De qué manera puede apoyar a las víctimas sin delatar al penitente? Un sacerdote responde a Religión Confidencial.

En primer lugar, recuerda que el sigilo sacramental es más que un secreto profesional, es inviolable. Nunca se puede violar. Protege el derecho a la intimidad y está amparado por las leyes de Libertad Religiosa. “Su inviolabilidad es absoluta y permanente y si se viola, implicaría la excomunión inmediata que está reservada a la Santa Sede”, señala el sacerdote.

Sin embargo, la Comisión Real de Australia, que investiga los abusos a menores en instituciones religiosas y públicas del país (unas 4.500 personas han abusos a menores cometidos por unos 1.880 miembros de la Iglesia Católica) ha pedido que se impongan sanciones penales contra quienes no denuncien un caso de abuso sexual, incluyendo a los que reciben la información en la confesión religiosa, informa Efe.

Ante esta medida, este sacerdote consultado por RC responde: “Antes de violar el secreto de confesión, prefiero ir a la cárcel a ser excomulgado. Para un sacerdote y un católico, la excomunión es lo peor que le puede pasar”.

Verificar el arrepentimiento

Este presbítero insiste en que, durante la confesión, la misión de todo sacerdote es verificar el arrepentimiento y el propósito de enmienda.

“Si un pedófilo o pederasta se confiesa de sus pecados, para recibir la absolución y el perdón debe estar arrepentido y hacer un propósito de enmienda, es decir, la firme decisión de que no va a volver a cometer ese delito. Por lo tanto, ante estos casos, el sacerdote podría animar al penitente a ponerse en manos de la ley y confesar su delito, pero no le podría obligar”, explica.

Asimismo, el cura también está obligado a buscar el bien integral del penitente y reparar el daño a terceros. Por lo tanto, ante los casos de abusos a menores, “el presbítero debe poner todos los medios para que estos delitos no se vuelvan a repetir y en la medida de sus posibilidades, restituir a las víctimas”, subraya este sacerdote consultado por RC.

“Si el sacerdote percibe que podría existir ocasión de peligro de que el penitente volviera a reincidir, o que es patente que el abusador padece un trastorno, incluso si creo que para darle la absolución es necesario, como penitencia, que ingrese en un centro de salud mental o psiquiátrico, tendría obligación de hacerlo. Si no cumple esta penitencia, quedaría invalidada la absolución”, explica.

Sentido curativo de la confesión

Este clérigo insiste en que en los casos de violación y abusos a menores que afectan a terceras personas, “todo lo que esté en mis manos para prevenir o atajar estos delitos, los haría, pero nunca violando el secreto de confesión”.

Si el abusador es un clérigo, explica que, sin violar el secreto de confesión, la jerarquía de la Iglesia es la que debería intervenir. “Desde el plan de Tolerancia Cero de Benedicto XVI, se toman medidas muy serías con los curas que han cometido estos delitos, como, por ejemplo, apartarles de su ministerio e instarles a que se entreguen a los tribunales como penitencia”, explica este sacerdote.

Respecto a las víctimas, la Iglesia tiene el deber y la obligación de hacer todo lo humanamente posible para ayudarlas, desde programas de sanación en centros de orientación familiar, apoyo para que vuelvan a confiar en la Iglesia Católica, incluso restituirles económicamente.

“La Iglesia siempre es madre, y la confesión, además de un sacramento en el que el penitente está confesando sus pecados a Dios y no a un hombre, tiene también un sentido curativo y medicinal. Por lo tanto, la penitencia es gradual y no debe suponer una tortura al penitente arrepentido”, señala este sacerdote.

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