Lunes 11/12/2017. Actualizado 01:00h

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Católicos

El arzobispo de París afirma sobre la encíclica del Papa que la mirada de los creyentes sobre la naturaleza debe cambiar

El cardenal francés reseña “Laudatio Sii” para el diario Le Monde

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La encíclica del Papa Francisco “Laudatio Sii” ha provocado numerosas reacciones de todo tipo antes sus ideas novedosas sobre la visión que los católicos han de tener sobre la naturaleza y el medio ambiente. El cardenal arzobispo de París ha salido a apuntalar las tesis del Pontífice.

André Vingt-Trois

Las encíclicas papales son mensajes de largo recorrido y digestión lenta, máxime en el caso de un texto de la extensión y profundidad como Laudatio Si'. Ahora bien, las primeras reacciones de altura ya se están produciento. Este el caso de la reseña que el cardenal André Vingt-Trois ha publicado el pasado 19 de junio en el periódico francés Le Monde

Se trata de una reseña esencial en el sentido de que el arzobispo de la capital francesa, haciendo honor a la tradición intelectual del país galo, sabe captar con notable agudeza y elegancia los ejes fundamentales sobre los que pibota el texto del Papa Bergoglio.

Yendo precisamente a lo esencial, el cardenal parisino subraya la clave más importante de todo el texto pontificio: es la conversión de los corazones; sin esta metanoia, "todas las soluciones", precisa Vingt-Trois glosando al Papa, "ya sean técnicas, económicas o jurídico-políticas, serán insuficientes y, en el mejor de los casos, retrasarán el vencimiento de un plazo que se anuncia catastrófico". 

- Lea a continuación el artículo completo del cardenal Vingt-Trois:

Raramente una encíclica habrá sido tan esperada. A seis meses de la gran cita en París de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, el Papa Francisco envía una llamada solemne a toda la humanidad con respecto a un desafío inmenso: la degradación global del entorno natural.

Sucesor del apóstol Pedro y, por ello, testigo del Cristo Resucitado, Francisco invita a todos los hombres de buena voluntad a un cambio de actitud, colocando a cada uno delante de su responsabilidad a la hora de ocuparse de la "casa común", donde Dios ha dado un sitio a cada ser. Pero también se hace portavoz de los que, juntos, gimen bajo el peso del sufrimiento: los pobres y la naturaleza.

Porque, a ojos del Papa, no existen dos crisis separadas, una medioambiental y otra social. Entorno natural y entorno humano se degradan juntos. La salvaguardia de la Tierra como "la casa común" y el amor a los pobres van de la mano.

Si Francisco revela así el grito de los más frágiles, es porque el desafío medioambiental -así como sus raíces- conciernen a la totalidad de los hombres y tocan a cada uno en lo más hondo de su humanidad. Para superar juntos, con un diálogo multi-disciplinar, este temible desafío, primero tenemos que cambiar de mirada, lo que supone que comencemos por abrir los ojos.

Abrir los ojos: el Papa no ignora ni los debates científicos habituales, ni las divergencias de opinión, ni las resistencias a la conversión ecológica, incluso entre católicos convencidos. Analiza, sin embargo, los mayores síntomas que afectan gravemente a nuestra Tierra. Sin entrar en lo que concierne al peritaje científico, Francisco ha querido nombrar las cosas tomando ejemplos concretos, para que nadie pueda considerar con desprecio o indiferencia las alertas lanzadas en nombre de los expertos.

"El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones". El Papa espera que cada uno podrá darse cuenta de la situación –algo que en todos está lejos de ser el caso-, y "atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo".

Cambiar de mirada: el Papa repone el desafío ecológico en su nivel más radical; el de una conversión en la manera de aprehender la vida y la actividad humana. Sin esta conversión, todas las soluciones, ya sean técnicas, económicas o jurídico-políticas, serán insuficientes y, en el mejor de los casos, retrasarán el vencimiento de un plazo que se anuncia catastrófico. El cambio de visión del mundo concierne aquí a la relación del hombre con la técnica moderna. Si ésta mejoró considerablemente las condiciones de vida, hoy coloca a los hombres frente a una opción abisal, consagrándoseles un poder desmedido sobre sí mismos y sobre la Tierra entera.

El caso es que el auge inmenso de la ciencia y de la técnica no se ha visto acompañado por un progreso equivalente a nivel ético y cultural. Lo peor, sin embargo, es que la finalidad y los modos del mundo tecno-científico se han extendido a la vida concreta de los individuos y de las sociedades. Se vuelto muy difícil abstraerse de los fabulosos medios puestos a nuestra disposición, o incluso de utilizarlos sin verse esclavizado por su lógica, que progresivamente extenúa toda capacidad de decisión, de libertad y de creatividad. La solución al desafío medioambiental también puede ser reducida por iniciativas parciales y chapuceras de urgencia. La raíz del problema valora la influencia de la técnica sobre la vida para que esta sea humana, o no.

Si llegamos a cambiar la mirada sobre la naturaleza, si renunciamos a considerar a los otros seres vivos como objetos sometidos arbitrariamente a nuestro uso y dominación, si llegamos a sentir cuánto nos une vitalmente con todos los seres del Universo, "la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo". Es por esto que, en la estela de San Francisco de Asís, que llamaba "hermano" o "hermana" a la menor criatura, el Papa invita con audacia a la humanidad a que se abra al lenguaje de las relaciones intersubjetivas, y más precisamente en las relaciones familiares, para nombrar las cosas de la naturaleza y, de este modo, orientarnos hacia una actitud más humana hacia ella.

Dialogar es unirse para encontrar soluciones: los problemas medioambientales y sociales son de tal complejidad que ninguna disciplina científica ni forma de sabiduría, incluida la religiosa, puede ser descuidada a la hora de aportar respuestas sostenibles. El Papa Francisco no propone soluciones sino un método: el de un diálogo serio y sin prejuicios entre todas las partes concernidas. Si dedica un capítulo al "Evangelio de la creación" es porque cree, como el patriarca Bartolomé, en un nuevo encuentro fecundo entre ciencia y religión, y porque también quiere mostrar cómo las creencias de la fe cristiana, como las de otros creyentes, ofrecen motivaciones poderosas para cuidar la Tierra.

Como repite en varios lugares, aunque de acuerdo con las fuertes palabras de Juan Pablo II, "la humanidad ha defraudado las expectativas divinas", pese a que aparecen los síntomas de un punto sin retorno, el Papa Francisco no desespera de la capacidad humana de encontrar una salida justa y sostenible. Por todas partes del mundo ciertas experiencias así lo testimonian. Aún más, a sus ojos, "no somos Dios (…). La mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un Padre creador y único dueño del mundo, porque de otro modo el ser humano tenderá siempre a querer imponer a la realidad sus propias leyes e intereses".

Que el desafío para la humanidad sea atreverse a imitar al pobre de Asís en su canto de alabanza: "¡Alabado seas, mi Señor, por nuestra madre la Tierra!".

André Vingt-Trois

Artículo originalmente publicado en el periódico francés Le Monde.


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