Martes 12/12/2017. Actualizado 01:00h

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Católicos

La difícil situación económica de los anglicanos que vuelven al catolicismo dentro del ordinariato creado por el Papa

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Se cuentan por miles los fieles anglicanos que se han acogido a la "oferta" de Benedicto XVI para retornar a la Iglesia Católica bajo la fórmula del ordinariato apostólico de la Cátedra de San Pedro, que les garantiza mantener su tradición y su rito. En el caso del clero, ha de volver a ordenarse y solamente aquellos célibes pueden formar parte del episcopado. El problema radica en el sustento de las familias de los sacerdotes casados, pues en muchos lugares no continuarán recibiendo la asignación que percibían.

Desde hace un par de años, el goteo de anglicanos y episcopalianos -la rama en EEUU y Canadá, también hay algunos en Australia- hacia el catolicismo es incesante, debido a las ordenaciones femeninas y de homosexuales, entre otros puntos doctrinales en los que hay falta de unidad. El Sumo Pontífice ofreció la garantía jurídica para facilitar su retorno a la obediencia a Roma y casi medio millón de miembros de la llamada Comunión Anglicana Tradicional han cruzado la orilla hacia la unidad de los cristianos. Otras parroquias a título individual o en pequeños grupos se van sumando.

A partir de la publicación del documento Anglicanorum coetibus por parte del Papa, se han resuelto con el tiempo varias dificultades que venían aparejadas, pero quedan otras por solventar. En principio, parecía que este decreto valdría solo para los fieles de Inglaterra y Gales, por lo que pronto tuvo que extenderse la medida para aquellos que lo demandaban en Canadá, Estados Unidos o Australia.

Ahora, el tema que deja un rastro de dudas tiene que ver con la sostenibilidad de las familias de los clérigos que han vuelto a la Iglesia Católica. Cuando pertenecían a la Comunión Anglicana, su asignación provenía del Estado y con ello daba para mantener a sus mujeres, sus hijos y sus hogares. Ahora, su valiente decisión les ha sumido en una cierta indefinición acerca de cómo mantenerse por sí mismos hasta que se ocupen de parroquias católicas, pues muchos aún se encuentran en la fase de formación en la doctrina católica al necesitar una nueva ordenación sacerdotal. El nuncio en Gran Bretaña, monseñor Mennoni, pidió en 2011 a los católicos que colaborasen con estas comunidades hasta que se normalice el problema y se les asigne una parroquia donde autoproveerse; la St. Barnabas Society aportó entonces al ordinariato 100000 libras, unos 160000 dólares. En mayo de este año, Benedicto XVI donó 250000 dólares para echar una mano financieramente, al menos hasta que se complete la transición.

Es de justicia reconocer el esfuerzo que también están llevando a cabo los que permanecen como anglicanos y, en varios lugares, comparten sus lugares de culto con los católicos -lógicamente, con las diferencias propias en cuanto a la creencia eucarística- o les han cedido las casas en que vivían antes de dar el paso. Algo similar ocurre con los episcopalianos en Australia, por ejemplo.

En nuestro país, la iglesia anglicana -oficialmente Iglesia Española Reformada Episcopal- comenzó su andadura en 1868 cuando, desde Gibraltar, una serie de clérigos que se separaron del catolicismo tomaron el modelo inglés. En 2008, contaba con 24 presbíteros, 11 diáconos y cientos de seglares. Su máximo responsable, el obispo Carlos López Lozano, es quizá el único que elevó la voz alertando del peligro de esta deriva y de que "da la impresión de que la Iglesia de Roma intenta aprovechar la situación de debate interno existente en la actualidad en el seno de la Comunión Anglicana en su propio beneficio". Aunque conjugó con la sana prudencia y una reflexión ad intra. Cuando el proceso echó a andar, publicó un documento que expresaba en unos de sus puntos: "junto a la tristeza que experimentamos por el abandono de algunos de nuestros hermanos, constatamos también que el abandono de ciertos fieles y ministros ayuda a las iglesias a profundizar más en la propia identidad y vocación anglicana". Ya entonces expresó su desacuerdo con la ordenación episcopal o sacerdotal de homosexuales, aunque eso no le ha alejado de la Comunión cuando en otros países se ha optado por aprobar esta práctica.

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