Lunes 23/07/2018. Actualizado 01:00h

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Católicos

Claves para una actuación eficaz a raíz de la crisis chilenana

Rafael Felipe, juez eclesiástico: “En la prevención de abusos, los obispos deben conocer, actuar, comunicar y vigilar”

“En Chile no solo se han olvidado de las víctimas sino que se las ha menospreciado promoviendo a quienes conocían los hechos y callaron”

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El sacerdote Rafael Felipe, juez eclesiástico, expone a Religión Confidencial, las claves para una actuación eficaz ante los abusos, a raíz de la crisis chilena. Señala que el Papa Francisco, como su antecesor Benedicto XVI, han insistido en múltiples ocasiones en la incompatibilidad de abusos y ministerio. Esta conciencia, que forma ya parte de la misma Iglesia, va siendo asumida paulatinamente por la mayoría de los obispos. Hoy el obispo sabe que el abuso es un delito, un pecado y una tragedia para la víctima y para toda la Iglesia.

El arzobispo maltés Charles Scicluna enviado por el Papa a Chile. El arzobispo maltés Charles Scicluna enviado por el Papa a Chile. RC

Afirma que a raíz de algunos hechos recientes, ampliados en los medios de comunicación, conviene recordar que la tolerancia cero querida por el Papa no es solo un requisito necesario sino una conciencia crítica que abarca toda la labor del Obispo y que no se limita a hechos concretos sino también a la biografía de los sacerdotes y de los candidatos.

“Me referiré, en primer lugar a lo que he querido llamar principios irrenunciables en el ejercicio del ministerio episcopal. Posteriormente haré referencia al caso de Chile, resaltando tres aspectos de la gestión de los abusos que considero muy importantes”, indica

Ministerio episcopal

Sobre los principios irrenunciables en el ejercicio del ministerio episcopal, indica:En la prevención, actuación y sanación de los abusos, al obispo se le piden 4 cosas: conocer, actuar, comunicar y vigilar”.

Y explica: “Conocer el delito significa no albergar dudas al respecto. Abusar no es solo violar. El concepto, aunque concreto, es mucho más amplio. Especialmente grave es el que se produce utilizando una ascendencia, poder, influencia sobre el menor o adolescente. A veces éste no es consciente de lo sucedido hasta muchos años después. Y esa denuncia puede llegar en cualquier momento. Además la gravedad del abuso no está en que éste se sepa o trascienda, sino en que se trata de un crimen atroz, un delito y un pecado cometido por la maldad/debilidad de un sacerdote y por la irresponsabilidad, en muchas ocasiones, de su obispo. El abuso sexual es, ante todo, un tremendo abuso de poder”.

Rafael Felipe prosigue: “Actuar significa no esperar, dilatar u olvidar el asunto. Pensar que con una denuncia no es suficiente o albergar dudas en relación al denunciante. Actuar es tomar decisiones con la cabeza, sin ‘interpretar’ el derecho o manejarlo a su antojo, dejándose ayudar por quienes entienden, evitando tomar decisiones precipitadas, personales, ambiguas y lesivas de derechos. Hay que tener en cuenta que la decisión que se tome tendrá también, en la mayoría de los casos, una repercusión mediática. Y que la recepción de la misma no será igual para todos. Reaccionar únicamente cuando el abuso trasciende a los medios es un escándalo. El Obispo negligente renueva el dolor de la víctima, mantiene el derecho al margen de su actuación, corrompe la grandeza del sacramento del orden y causa un daño irreparable a la Iglesia”.  

Comunicar y no ocultar

La tercera acción que se le pide a un obispo, comunicar, el juez eclesiástico expone que abarca un amplio espectro de actuaciones. “Una cosa es la discreción en la gestión del abuso, exigida sobre todo para proteger a la víctima, y otra muy diferente es la ocultación e incluso la minusvaloración de los hechos. Hay que comunicar lo sucedido a la autoridad eclesiástica competente, a la autoridad civil una vez verificados mínimamente los hechos y también al denunciado para que pueda ejercer su derecho a la defensa. Este derecho no desaparece nunca a pesar de lo trágico de los hechos”.

Por último vigilar: “Es recordar que, con la ordenación, se crea un vínculo especial con el sacerdote. Si el obispo vive con pasión su ministerio conocerá la vida de su presbiterio. Especialmente preocupantes son las situaciones de sexualidad en conflicto, pasadas o actuales, que hay que asumir sin ingenuidades porque el pasado muchas veces vuelve al presente, mediante comportamientos inadecuados, formas de convivencia u amistades incompatibles con el ministerio y denuncias que ahora se materializan. A este respecto hay víctimas que no han denunciado todavía sus abusos (y quizás no tenían intención de hacerlo) pero que actúan (y con razón) cuando ven que aquellos que habían abusado de ellos gozan ahora de cierta relevancia en sus diócesis o de cargos de responsabilidad”.

En este sentido, Rafael Felipe asevera: “El obispo no puede hacer ver que no sabía nada. Eso ya no es creíble. Si bien es cierto que la víctima principal de los abusos es el menor o adolescente, no deja de ser cierto también que otra víctima son la mayoría de los sacerdotes. Su vida ejemplar se ve señalada por el comportamiento de unos pocos y, desde su inocencia, se ven obligados a demostrar que ellos no han hecho nada. Una gestión más acertada de los obispos, de acuerdo con el derecho, sería de gran ayuda para esa inmensa mayoría”.

Sobre la gestión de los abusos en Chile

Sobre  la gestión de los abusos en Chile, el juez eclesiástico destaca tres aspectos.

Antes de nada, recuerda que cualquiera que lea la Carta del Papa Francisco a los católicos de Chile (31 de mayo de 2018) como la documentación emanada de la reunión de los Obispos con el Papa, se dará cuenta no sólo de la gravedad de los hechos, sino también de las contundentes afirmaciones del Papa. Para quienes conocemos Chile el cambio producido en esa sociedad a lo largo de estos últimos años en relación a la Iglesia es tremendo.

"Son muchas denuncias de abusos, históricas y recientes, que han empañado una Iglesia antes cercana y de gran vitalidad. Esas denuncias afectan a obispos y sacerdotes de cierta relevancia y a religiosos de diferentes institutos. Analizando los hechos hay tres aspectos, a mi criterio, que han sido objeto de dejación por parte de algunos obispos de Chile y superiores religiosos. Me refiero a ellos a continuación”, manifiesta.

“En primer lugar –apunta- se encuentra la escasa atención que ha merecido el abuso sexual como un auténtico abuso de poder. Se ha utilizado el ministerio sacerdotal para ‘utilizar’ al otro ‘manipulando’ su conciencia y buscando en él satisfacer los propios instintos. El que abusa de esta manera sabe bien a quién escoger y también a quien convencer para que mantenga ese secreto. No hay escrúpulo alguno en el abusador ya que en ocasiones se utiliza el sacramento de la Confesión o la dirección espiritual para silenciar a los cómplices. Evidentemente, se trata de una tragedia que envuelve al abusador, los abusados y los cómplices. Éstos últimos que, en ocasiones veían los hechos y callaban, han consentido el abuso de poder y han agravado el dolor de las víctimas. Además, esa no conciencia negligente del abuso de poder ha llevado a ‘olvidarse’ de las víctimas, silenciando o ‘aparcando’ cualquier denuncia. No sólo se han olvidado de las víctimas, sino que se las ha menospreciado promoviendo a quienes conocían los hechos y callaron”.

Qué mueve a las víctimas a denunciar

Rafael Felipe expone el segundo punto: “Se ha prestado escaso interés a los llamados casos históricos. Me refiero a aquellos que acontecieron ya hace años y que la denuncia llega ahora. En la mayoría de ocasiones se ha valorado el perfil actual del sacerdote que es válido para conocerle en la actualidad, pero no debe utilizarse para olvidar o esconder lo sucedido. Como ha podido comprobarse en muchos casos, la personalidad abusadora habitualmente se mantiene latente. Sólo que por la propia biografía del abusador o las promociones que ha ido asumiendo en su ministerio ese aspecto no se manifiesta ahora externamente. Se trata, a veces, de sacerdotes que ahora asumen un papel más conservador también en su aspecto externo. Relativizar estos casos aparca momentáneamente unos hechos que ocurrieron y que, probablemente, se manifestarán de nuevo. En algunos casos, la promoción de esos sacerdotes es el aspecto que mueve a las víctimas a denunciar. Se revive el abuso porque a quién abusó, aunque evidentemente no sea por ese motivo, ahora se le ‘premia’.

La praxis homosexual de algunos sacerdotes

Por último, el juez eclesiástico hace referencia a otro aspecto presente y preocupante en la Carta del Papa Francisco. “Me refiero a la praxis homosexual en la vida de algunos sacerdotes. Este tipo de actuaciones se manifiestan frecuentemente de dos modos. Por un lado del sacerdote con otros adultos a quienes conoce en el ámbito pastoral o en ambientes propiamente homosexuales. Este tipo de relaciones crea grupos cerrados que se apoyan y defienden mutuamente, incluso ante la autoridad (‘lobbys’). Por otro lado se encuentran los casos de efebofília. Es un hecho que buena parte de los abusos cometidos por clérigos son con jóvenes adolescentes. Se trata de una fijación, búsqueda intensa (‘grooming’), abuso a jóvenes de entre 15 y 18 años. El sacerdote asume un rol ‘paterno’ que le lleva a entablar amistad y una cierta convivencia con jóvenes a los que manipula con su ascendencia y abusa. Se crea una dependencia mútua que se justifica con argumentos muy vagos e inmaduros. Esas convivencias que esconden graves abusos son conocidas en muchos casos y se trivializan por los superiores con argumentos muy poco claros”.

“¿Qué sucederá de ahora en adelante en la Iglesia en Chile?”, se pregunta. “No es fácil predecir los próximos acontecimientos. Sin embargo, los hechos recientes y pasados no han hecho ningún bien. No se trata únicamente de un cambio de personas. Se trata también de un cambio profundo de mentalidad. Quizás, de momento, será conveniente hacer lo que pidió el Maestro en Betania: abrir la tumba, quitar la losa. Es cierto que el olor será repugnante, pero es necesario para que llegue de nuevo la Vida“. 


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