Miércoles 13/12/2017. Actualizado 01:00h

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Católicos

El español monseñor Miguel Maury, nuncio en Kazajistán, analiza la situación del 1% de población católica en un país exsoviético bajo la amenaza del terrorismo islámico

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De los países soviéticos que se encuentran en la órbita de influencia rusa, Kazajistán es uno de los que más grandes. Sin embargo, la comunidad católica posee un tamaño bastante menudo, pues apenas representa al 1% de la población. El nuncio papal desde 2009 es un español, monseñor Miguel Maury, entrevistado por Religión Confidencial. El auge del terrorismo islámico y la nueva ley religiosa que quiere imponer un gobierno poco democrático son los peligros que acechan a este joven país que lucha por salir adelante poco a poco.

No llega al medio millar el número de católicos que componen la Iglesia local en Kazajistán, pero es una comunidad viva y creciente. Visitada por Juan Pablo II en 2001, el Vaticano está representado allí por un español, monseñor Miguel Maury Buendía, que ha hablado con Religión Confidencial acerca de la actualidad del país en relación a la fe.

Hace apenas mes y medio, concretamente el 25 de octubre, el Gobierno de Astaná ha recrudecido las condiciones para que las religiones sean reconocidas como tales en el registro, exigiendo un pequeño número de fieles y reduciendo de 46 a 17 el número de confesiones permitidas públicamente. "Las restricciones a las que hace referencia no son un fenómeno nuevo, hay que encuadrarlas en su contexto: la prevención del extremismo y terrorismo de matriz islámica que ha aparecido en la zona (en Kazajstán se han verificado casi 60 atentados o intentos de atentados en los dos últimos años)", expone el nuncio. Para tratar de evitarlos, todos los países de la región han aprobado en estos cinco años leyes sobre las confesiones religiosas más restrictivas que la promulgada en Kazakhstan el pasado año.

El Parlamento kazajo había preparado anteriormente, en 2008, una ley parecida en cuanto a características de los países de la zona, pero el presidente Nazarbayev, "temiendo que no respetase las libertades y garantías constitucionales, la envió al Consejo Constitucional, el cual propuso enmiendas fundamentales. Se optó por un nuevo proyecto, el aprobado el pasado año y que, a pesar de que es mejorable en algunos puntos importantes, tiene en cuenta la legislación en la materia de países como Italia, Francia o Japón y pretende dar un paso adelante en la implantación del Estado de Derecho", clarifica Maury. Además, matiza acerca del plazo de registro de las asociaciones religiosas presentes en el país: "se ha tratado de 'poner orden' al caos de sectas y grupos para-religiosos que empezaban a proliferar, lo que ha conllevado una reducción en el número de las asociaciones religiosas".

Cuatro días más tarde, salía la noticia de que un pastor protestante uzbeko de un grupo religioso clandestino podía recibir hasta 15 años como pena de cárcel por predicar si Kazakhstán le deportaba a Uzbekistán, donde se le acusaba de esos cargos. Makset Djaddarbergenov había sido detenido a petición de las autoridades de su país por liderar dicho grupo, pero "tras obtener asilo en Alemania gracias a los buenos oficios del UNHCR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), se ha marchado a Frankfurt el pasado 5 de diciembre para reunirse con su mujer y sus cuatro hijos".

Según ha afirmado el nuncio en alguna visita a España, la Santa Sede mantiene buenas relaciones con el Gobierno kazajo, aunque Nazarbayev guarda bastante los modos de la época soviética en cuanto a transparencia y apertura. La situación legal de la Iglesia Católica en el país, a pesar de contar solamente con el 1% de la población, "no difiere mucho de la situación en la que se encuentra en España. Existe un Acuerdo internacional entre el Kazakhstan y la Santa Sede que, no obstante a estar en pleno vigor desde 1999, el Parlamento ha ratificado justamente el pasado mes de octubre para evitar cualquier malentendido en relación a la nueva ley". En relación a la situación de los católicos a pie de calle, confirma que "en los cinco años que llevo aquí no me consta que ningún fiel católico haya tenido jamás restricciones para practicar su fe. Asimismo, de parte de las autoridades, he encontrado siempre buena disposición para resolver los problemas, casi todos de origen burocrático, que dificultan la acción de la Iglesia y de nuestros misioneros".

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