Lunes 29/05/2017. Actualizado 14:24h

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Vaticano

Cantalamessa explicó que Dios se “sacrifica” por el hombre para hacerle desistir de su hostilidad hacia Dios y el prójimo

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Benedicto XVI presidió el viernes la celebración de la Pascua del Señor en la Basílica Vaticana, durante la cual el predicador de la Casa Pontificia, el P. Raniero Cantalamessa, pronunció la homilía analizando el tema de la violencia. Cantalamessa explicó que Dios es quien se “sacrifica” por el hombre, entregando a la muerte por él, a su Hijo unigénito. Por lo que el sacrificio ya no sirve para “aplacar” a la divinidad, sino más bien para aplacar al hombre y hacerle desistir de su hostilidad hacia Dios y el prójimo.

“El sacrificio de Cristo contiene un mensaje formidable para el mundo de hoy. Grita al mundo que la violencia es un residuo arcaico, una regresión a estadios primitivos y superados de la historia humana y – si se trata de creyentes – de un retraso culpable y escandaloso en la toma de conciencia del salto de calidad realizado por Cristo”.

Jesús, recordó el P. Cantalamessa, ha inaugurado un nuevo tipo de victoria que no consiste en hacer víctimas, sino en hacerse víctima. El predicador de la Casa Pontificia ilustró esta realidad analizando el pasaje de la Carta a los Hebreos de la liturgia de este viernes, en la que se explica en qué consiste la novedad y la unicidad del sacerdocio de Cristo: que Cristo se ofreció a sí mismo.

Cantalamessa lamentó que la cultura actual que condena la violencia, por otro lado la favorece y exalta, incitando de algún modo al mal. “Es inquietante que la violencia y la sangre se hayan convertido en uno de los ingredientes de mayor reclamo en las películas y en los videojuegos, que sean atraídos por ella y que se diviertan mirándola”.

Estas realidades provocan un peligroso mimetismo que degenera en la actual violencia en los estadios o en el acoso escolar, y en ciertas manifestaciones callejeras. “Una generación de jóvenes que ha tenido el rarísimo privilegio de no conocer una verdadera guerra y de no haber sido nunca llamados a las armas, se divierte (porque se trata de un juego, aunque estúpido y a veces trágico) a inventar pequeñas guerras, empujados por el mismo instinto que movía a la horda primitiva”.

El P. Cantalamessa quiso evocar una violencia todavía más grave. “No hablo aquí, matizó, de la violencia sobre los niños, de la que se han manchado también elementos del clero; de esa ya se habla bastante fuera de aquí. Hablo de la violencia sobre las mujeres”. “Se trata de una violencia tanto más grave en cuanto que tiene lugar al abrigo de los muros del hogar, sin que nadie lo sepa, cuando incluso se justifica con prejuicios pseudo-religiosos y culturales. Las víctimas se encuentran desesperadamente solas e indefensas. Solo hoy, gracias al apoyo y al aliento de muchas asociaciones e instituciones, algunas encuentran la fuerza de salir al descubierto y de denunciar a los culpables”.

En este sentido el P. Cantalamessa señaló que esta violencia contra la mujer es más odiosa porque se produce allí donde debería reinar el respeto y el amor recíprocos, en la relación entre marido y mujer. “Juan Pablo II inauguró la práctica de las peticiones de perdón por los errores colectivos. Una de ellas, entre las más justas y necesarias, es el perdón que una mitad de la humanidad debe pedir a la otra mitad, los hombres a las mujeres. Ésta no debe quedarse en genérica y abstracta. Debe llevar, especialmente a quien se profesa cristiano, a gestos concretos de conversión, a palabras de perdón y de reconciliación dentro de las familias y de la sociedad”.

El predicador de la Casa Pontificia recordó que este año nuestra Pascua se celebra en la misma semana que la Pascua judía. Pensando en esta población el P. Cantalamessa señaló que esta población sabe por experiencia qué significa ser víctimas de la violencia colectiva, y por este motivo quiso leer el pasaje de una carta que un amigo suyo judío le había enviado: “Estoy siguiendo con disgusto el ataque violento y concéntrico contra la Iglesia, el Papa y todos los fieles por parte del mundo entero. El uso del estereotipo, el paso de la responsabilidad y la culpa personal a la colectiva me recuerdan los aspectos más vergonzosos del antisemitismo. Deseo por tanto expresarle a usted personalmente, al Papa y a toda la Iglesia mi solidaridad de judío de diálogo, y de todos aquellos que en el mundo judío (y son muchos) comparten estos sentimientos de fraternidad. Nuestra Pascua y la vuestra tienen indudables elementos de alteridad, pero viven ambas en la esperanza mesiánica que seguramente nos reunirá en el amor del Padre común. Le auguro por ello a usted y a todos los católicos Buena Pascua”.