Viernes 18/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El yihad del islam contra el islamismo

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Un artículo de...

Pilar Gonzalez Casado
Pilar Gonzalez Casado

Profesora Agregada a la Cátedra de Literatura árabe cristiana de la Universidad San Dámaso.

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Durante las últimas semanas, con los atentados de Beirut, París y Yola, las voces del mundo islámico se han alzado para condenar la violencia islamista y proponer soluciones. Ya en febrero, el imán de al-Azhar, Ahmed al-Tayeb, sugirió una reforma radical de la enseñanza religiosa que corrigiera los conceptos falsos y que sirviera para que los fieles de cualquier lugar del mundo practicaran lo que los consejos de eruditos señalaran como ortodoxia. Esta semana, otro jeque de la misma universidad, Abbas Shoman, reclamaba el combate intelectual contra el radicalismo y sugería abrir un centro educativo en Francia donde se formara a los imanes para corregir las interpretaciones rigoristas del Corán. Hace dos días, el Consejo Superior de Ulemas de Marruecos emitió una fatwa que aclaraba que el yihad no tiene nada que ver con la masacre de inocentes y proponía, como yihad intelectual, publicar obras que difundieran los verdaderos principios islámicos. Todas estas iniciativas son un signo del debate que se ha abierto en el islam, y a priori, deben ser acogidas con optimismo.

Las palabras más clarificadoras han sido las de Abdullah al-Naim, profesor de Derecho en la Emory University School of Law de Atlanta, y experto en Derecho Islámico. Ha propuesto la apertura deliytihad, del esfuerzo interpretativo de las fuentes del Derecho, cerrado en el siglo IX, para adaptarlas a las circunstancias sociales actuales. Para que esta reforma sea efectiva, ha de funcionar un principio bidireccional, genuinamente islámico, que sirve tanto para legitimarla como para legitimar la autoridad del califato del EI: la inexistencia de una autoridad que establezca o modifique la doctrina de la sharia, lo que supone que la práctica de la fe es individual y voluntaria. Ningún musulmán es responsable ni de las opiniones ni de las acciones de otro y cualquiera puede decir algo sobre la Ley y sus principios, cuya interpretación es, en realidad, el producto de un consenso intergeneracional sobre lo dictaminado por los sabios de cada comunidad (chiita, sunita, sufí o salafista). Solo se necesita este consentimiento, la aceptación crítica de la comunidad, para que lo que se postula sea legítimo. La pretensión de autoridad legítima del califato del EI podría tener éxito si cuenta con el apoyo de los musulmanes o con su aquiescencia pasiva, pero no si se cuestiona mirando a la sharia. Hasta ahora se ha hecho según la política y la moral, elementos que el radicalismo considera propios del «razonamiento occidental», y que no escucha al serle ajenos.

El optimismo inicial se empaña si reflexionamos acerca de las raíces ideológicas que inspiran la reforma y que sustentan la conciencia crítica: la visión de la religión y la antropología. El islam, presentado como una cuestión de educación, se liberará de sus formas desviadas con el adoctrinamiento correcto. Adherirse a la fe musulmana no es una decisión personal y libre en la que el hombre encuentra una respuesta satisfactoria a sus interrogantes más profundos, sino practicar lo correctamente establecido por la Ley. Adán es la criatura de barro formada por Dios tanto en el Génesis como en el Corán. La antropología islámica le modela como siervo y representante de Dios en la tierra, sin herida original, proclive por igual al bien y al mal, y cuya salvación del mal es cumplir las órdenes de Dios que constituyen el bien. La antropología cristiana le plasma como imagen divina, con herida original adquirida, hijo de Dios, cuyo encuentro personal con el Hijo, verdadera imagen divina, le redime del mal y sacia sus ansias más profundas. El Derecho sólo puede reconocer, que no otorgar, la dignidad intrínseca del hombre. Para el cristiano, definida por su filiación e imagen divinas, además transforma en inviolable la vida del otro.

El Mesías crucificado de uno de los poemas del poeta iraquí al-Sayyab, ardiente comunista, exclama después de que su sangre fluya: «¡Cuántas vidas viviré! En cada tumba seré futuro, seré semilla, seré una generación de hombres. En cada corazón está mi sangre, una gota de ella o parte de una gota». Sangre de todos los hombres derramada por los que disparan y por los disparados. Es la fraternidad divina, que penetra el corazón sin necesidad de recurrir al esfuerzo intelectual o al adoctrinamiento, y verdadero lazo de unión entre todos los hombres.

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