Martes 17/10/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La violencia islamista que no cesa

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Londres y París, después de Boston, han sido escenario de nuevas violencias protagonizadas por seguidores de Mahoma. Y resulta casi imposible contar el número de víctimas del terrorismo en Iraq. Estos hechos muestran la dura realidad del islamismo, a pesar de las voces que –sobre todo, en Occidente– presentan imágenes de moderación e insisten en la compatibilidad del Islam con la cultura democrática.

Así, el último día de mayo Stéphanie Le Bars publicaba una entrevista con Mohamed Ali Adraoui, investigador y profesor en el Instituto de Estudios Políticos de París. Una de las cuestiones era la radicalización de jóvenes musulmanes nacidos aquí, que practican la religión de sus mayores –algunos son conversos‑, y acuden habitualmente a la mezquita. Se impone la pregunta sobre el mensaje que reciben y, a juicio de Adraoui, "la radicalización en las mezquitas es algo casi imposible".

Pero muchos fieles del Islam, especialmente los radicales, lo consideran "la religión de los condenados de la tierra". De esa imagen negativa surgiría la motivación para la yihad, la defensa violenta de sus convicciones contra la sociedad establecida dentro de cualquier frontera, sean las democracias occidentales o las iglesias cristianas en Oriente.

Leo en La Croix del 29 de mayo una recensión a un libro de Bernard Heyberger, especialista en las relaciones entre el cristianismo y el Islam en Siria y el Líbano: De la compassion à la compréhension (manuales Payot, 153 págs.). Esboza un cuadro de los cristianos en Oriente que, en cierta medida, intenta contradecir la tesis de que, desde el comienzo de la Hégira en 622, el cristianismo estaría condenado a desaparecer en el Medio Oriente, ante el empuje del Islam.

La realidad social discurre más bien por esos cauces: los cristianos han desaparecido prácticamente en Turquía, y el proceso se está repitiendo en Palestina, Iraq y Siria, y las noticias de Túnez y Egipto son inquietantes. No es óbice para pervivencia de santuarios, frecuentados por creyentes de las distintas religiones.

No obstante, Bernard Heyberger quiere afrontar el futuro con esperanza: las sociedades predominantemente musulmanas, incluso los Estados que sufren una "islamización galopante", tendrán que plantearse inevitablemente la cuestión del pluralismo en su propio país. Mucho depende de que se evite la actual sangría derivada de la emigración de los fieles cristianos. En todo caso, no parece fácil borrar las huellas históricas de su presencia, reflejada en santuarios, iglesias y monasterios.

Pero no es posible eludir el significado y las consecuencias de la revolución islámica de 1979 en Irán, donde el predominio de los ayatolás se acentúa, como se está viendo ante las próximas elecciones presidenciales. Muchas expresiones de la actual violencia coinciden con las de Jomeiny, que se autoproclamó líder de una revolución mundial contra los oprimidos por "el gran Satán" americano y el "pequeño Satán" israelí. En el punto de mira estaban también los dirigentes musulmanes sunitas supuestamente corruptos y vendidos a Estados Unidos, como los de Arabia Saudita.

El conflicto entre chiitas y sunitas, origen del ataque de Sadam Husein contra Iraq en 1980, recuerda a veces la guerra de los treinta años en Europa, determinada en parte por la tensión entre católicos y protestantes. Pero existe un factor diferencial de máxima entidad: el desprecio a la vida humana en tantas acciones terroristas, de las que no es ajeno el gobierno de Teherán.

Se comprende la dura intervención a finales de mayo, ante el consejo de derechos humanos de la ONU en Ginebra, del representante de la Santa Sede, Mons. Silvano Maria Tornelli: expresaba la profunda preocupación por las violaciones de la libertad religiosa y los ataques sistemáticos contra las comunidades cristianas en áreas concretas de África, Asia y Oriente Medio. Son fruto, como señaló el diplomático vaticano, "del fanatismo, la intolerancia, el terrorismo y las leyes discriminatorias".

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