Lunes 05/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

Lo que vi en Valladolid

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En Valladolid, en este largo fin de semana, vi a la Iglesia una, por más que se empeñen algunos en hacer las cuentas de haber y del debe de los cardenales, obispos, presbíteros, diáconos, ministros extraordinarios del altar, acólitos, arciprestes, archimandritas, y demás números y especies. Vi a la Iglesia una en torno al Papa, el gran protagonista del fin de semana. Se palpa el dolor de la Iglesia y de los cristianos. En una fugaz conversación con el político Rocco Butiglione en Bilbao, testigo del encuentro es mi querido Juan José Aroztegui, comentaba cómo este ataque desaforado contra el Papa es un signo de la debilidad de la cultura cristianofóbica. Años atrás lo intentaron, pero se dieron de bruces con una Papa fuerte, forjado en el acero del telón del este; capaz de tumbar muros y de pasear su blanca sotana de bordes metalúrgicos. Ahora, se piensan que han encontrado a un Papa frágil, tan frágil como la razón y el pensamiento que esa cultura está descuartizando. Los enemigos de la Iglesia se creen fuertes, pero son débiles, muy débiles. Tenemos un Papa apasionado por la belleza, un hombre de estéticas purificadoras con lágrimas de verdad. En Valladolid no estuvo el Papa, ¿o sí? No lo sé. Le sentí, pero no le vi.

En Valladolid vi una Iglesia una, plural, diversa en los carismas en torno al ministerio episcopal. Muchos obispos, el Prepósito General de la Compañía de Jesús, realidades eclesiales infinitas, jóvenes alegres; a veces no supe si estaba en Valladolid o en Toledo, transparencia de vida interior; muchas familias, como si fuera una mañana de domingo en la que el paseo del Campo Grande, que se hizo más grande de lo que es, se hubiera convertido en improvisada parroquia de señorial barrio. La gente de Valladolid, como siempre, agradecida por la Beatificación del Padre Hoyos, en una ceremonia diga con la que se demuestra, por eso de las tesis tomistas, que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, por más que la complique Rahner y la ahistoricidad, cala en lo profundo de los niños, de los jóvenes, de las familias, quizá por eso de que vivimos en el tiempo del deseo. Encontré a muchos jesuitas en alabanza de historia y de ciencia y de conciencia.

En Valladolid vi la santidad de la Iglesia en la vida de un joven, jesuita, que vivió las virtudes heroicas y que, según nos recordó el prefecto de la Congregación para las Causa de los Santos, Ángelo Amato, nos habla de la santidad en la vida ordinaria, en el mundo. Vi una Iglesia apostólica, en la comunión de los apóstoles, con ganas de proclamar el Evangelio a tiempo y a destiempo, que había tomado la calle en una ciudad que no sentía extraña la fe en la plaza pública. Vi a don Ricardo Blázquez, con quien hablaré de los fantasmas del pasado y de las esperanzas del futuro.

En Valladolid vi lo que los periódicos no ven, lo que no quieren ver y lo que quieren dejar de ver… Esta es la hora y la del poder de las tinieblas. No en Valladolid.

José Francisco Serrano Oceja