Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La última edad de las Edades

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Como si nada ocurriera o hubiera ocurrido, con la humilde belleza con la que vivió su “Paisaje interior”, concluía la última edición de la Exposición de Las Edades del Hombre, en la Concatedral de San Padro, en Soria, la que fue su asignatura pendiente. Sepulcro a una magnífica obra de arte. No pocos de los que asistieron al cierre se preguntaron cuál sería el destino de esta iniciativa, la de Las Edades del Hombre, que ha marcado las horas del reciente diálogo de la Iglesia en España con el mundo de la cultura y de las artes.

Una escueta nota de prensa interpretaba el movimiento final de una sinfonía gloriosa: “El viernes, 8 de de enero, a las 12.00 horas, tuvo lugar el acto oficial de clausura de la exposición “Paisaje interior”, que fue presidido por la Excma. Sra. Dª Mª José Salgueiro Cortiñas, Consejera de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León, y por el Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Carlos López Hernández, Obispo de Salamanca y Presidente de la Fundación “Las Edades del Hombre”. A este acto acudieron las autoridades religiosas, políticas y militares tanto de la región como de la provincia y ciudad de Soria”.

Atrás quedaron los años de esplendor; desde la incertidumbre sobre el éxito de aquellos primeros pasos, en 1988, conquista de la genial intuición del sacerdote José Velicia, y de su equipo, hasta la que se ha clausurado hace unos días. Alegrías, esperanzas, sinsabores, algún que otro disgusto para los obispos castellano-leoneses y un pasado grabado con oro en el libro de la vida.

La trayectoria institucional de Las Edades del Hombre se ha escrito con demasiadas paradojas. Frente al afán del poder civil por desamortizar de hecho el patrimonio de la Iglesia en una Castilla y León desierta, con dificultad se han conjugado la riqueza de la historia de la Iglesia y los dineros que provenían de instituciones financieras regionales y de la singular Comunidad Autónoma. Algún que otro meandro en su itinerario de preservación y de gestión hizo que el vigor y la ilusión se fueran perdiendo por los caminos de Flandes. Ahora, llega la tristeza, como un espejo de muchos rostros. Y por más que la buena voluntad impulse los destinos de los hombres, decae la ilusión y la originalidad en la continuidad del proyecto. Quizá le ocurra así a esa Iglesia, envejecida, enquistada en pretéritos debates postconciliares, sin vocaciones, con una enseñanza de la teología sin norte, que además vive la ausencia de la sede metropolitana de Valladolid con sufrimiento y dolor.

Las edades no pasan en balde.

José Francisco Serrano Oceja