Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

No se tolera el racismo

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Una de las fotos históricas de la Copa de fútbol celebrada en Sudáfrica recientemente recoge a los dos equipos finalistas –lástima que España no fuera uno de ellos tras la pancarta de la campaña de la FIFA contra el racismo en el fútbol. Una buena iniciativa, especialmente en ese país, símbolo del doloroso apartheid del siglo XX, que sólo terminó tras el referéndum de 1992. Me parece recordar, incluso, que justamente por eso se prohibió a sus atletas competir en algunos Juegos Olímpicos.

Escribo esto a propósito de la tolerancia. Hace unos días leí un artículo –siento no recordar el autor contra esa vieja virtud de la convivencia. Daban gusto los hombres tolerantes, frente a los cerriles. Pero a ese escritor no le gustaba ya el concepto, porque presuponía la posesión de la verdad: se tolera algo porque se considera malo desde una postura más o menos dogmática.

Hay un sentido clásico de tolerare, que no es sólo concepto religioso, aunque así fue el Edicto de Milán –313- o la solución de conflictos religiosos europeos tras la Reforma, prácticamente hasta Westfalia. Tolerar es soportar, sufrir algo que se valora como un mal, no ineludible, sino más o menos evitable: se puede referir a un mal físico, pero se emplea sobre todo en el ámbito moral y jurídico, aunque también se toleran o no medicinas o climas.

Ciertamente, el derecho canónico dedicó espacio a la tolerancia, como también a la epiqueya. Pero es un concepto jurídico común que deriva de una distinción muy familiar a quienes fuimos alumnos de Federico de Castro en la Complutense, pero que se está perdiendo. El avance invasivo de la ética civil tiende a confundir moral y derecho: como si sólo fuesen exigibles los comportamientos previstos con carácter general para los ciudadanos.

Antiguamente no era así: no toda norma moral debía recibir la coactividad propia del derecho; dentro de la vida social, existe un margen de tolerancia, que implica no sancionar penalmente actos ilícitos. En gran parte, la evolución histórica se encarga de cambios que configuran el progreso, aunque en ocasiones supongan retrocesos a figuras arcaicas, como está sucediendo en el actual derecho de familia, que concede cada vez más cancha a los sentimientos. En cambio, por paradoja, el ordenamiento libra una batalla sin cuartel, francamente difícil, como se ve por la dolorosa experiencia, contra los crímenes pasionales que suelen estar en el origen de la justamente denostada violencia de género.

De hecho, en 1995, se decretó la celebración de un año de la tolerancia. No recuerdo ya el motivo. Pudo ser por el 50º de Auschwitz. O por el aniversario de la constitución de las Naciones Unidas. No sé, incluso, si se trató de un recuerdo de los procesos de Nuremberg, y la consiguiente condena del nazismo. Tal vez, en el origen de todo, estaba simplemente el crecimiento real de la intolerancia, a pesar de las continuas manifestaciones públicas de tantos a favor del pacifismo.

Porque, al cabo, la tolerancia no puede ser absoluta. Siempre habrá en la sociedad comportamientos intolerables, sea el racismo o la tortura. Pero sigo pensando que es mejor ser tolerante que cerril. Y, desde luego, sin estereotipos simplistas.

Salvador Bernal