Martes 26/09/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La tesis de Evergiste y las vocaciones nativas

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Jose Francisco Serrano
Jose Francisco Serrano

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Asistí esta pasada semana en mi Facultad a la defensa de la tesis doctoral de un sacerdote ruandés, Evergiste Ruveska, sobre el reciente genocidio de Ruanda (1994) en cuatro diarios europeos. Nunca había contemplado desde la mesa del tribunal examinador un paisaje y un paisanaje tan peculiar. Acompañaban al doctorando gran parte de la comunidad Ruandesa de Madrid, no pocos de sus compañeros sacerdotes , y también un grupo de fieles de la parroquia de San Blas en la Evergiste presta sus servicios. 

En su intervención inicial, una vez expuestas las obligadas consideraciones acerca de la metodología, confirmación de hipótesis, resultados obtenidos, y ese largo etcétera académico, se hizo un profundo silencio cuando el doctorando quiso ofrecer esta tesis a la memoria de sus hermanos de sangre asesinados en el genocidio de Ruanda, de sus compañero sacerdotes, de sus compañeros seminaristas, incluso de su obispo. Un silencio acompañado por las lágrima de no pocos de los asistentes.  

En la defensa de la tesis, que obtuvo la máxima calificación, el doctorando relató alguna de sus experiencia vitales como sacerdote en Madrid. Por ejemplo, hablando de la inmigración en España contó lo que  un niño de la catequesis le preguntó no hace muchos meses: “Ever, ¿cuánto hace que saltaste la valla de Melilla?”

El próximo domingo se celebrará en España la Jornada de las Vocaciones Nativas. Bueno, en teoría, porque en la práctica la Iglesia estará volcada en la fiesta de la santidad que significa la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II. Hay que lamentar, por tanto, que una jornada como la de vocaciones nativas pase, una vez  más, inadvertida para le imaginario eclesial. 

Sin embargo la historia es elocuente y nos da razones de la profunda relación de esta Jornada con las canonizcaiones del próximo domingo. Tal y como ha explicado el director Nacional de Obras Misionales Pontificias, Anastasio Gil, cuando el sacerdote Angelo G. Roncalli trabajaba en la Obra de Propagación de Fe en Roma, el Papa Pío XI asumió como propia –haciéndola Pontificia- aquella iniciativa profética de Juana Bigar por la que había que fomentar las vocaciones al sacedocio y a la vida consagrada en los Territorios de misión. Bien conocía el Papa Juan XXIII la necesidad de promover el carisma de esta Obra Pontificia como lo demuestra que en el segundo año de su Pontificado publicara la encíclica Princeps patorum en que exhorta a colaborar con la formación del llamado “clero indígena”.

Juan Pablo II al cumplirse, en el año 1989, el Centenario del nacimiento de esta Obra Pontificia escribe una Carta apostólica de la que se hace eco en el mensaje de ese mismo año para la Jornada Mundial de las Misiones. En ella, al referirse a la labor que durante 100 años ha estado promoviendo la Obra Pontificia, señala que “desde el siglo pasado ha trabajado eficazmente para que todas las Iglesias puedan beneficiarse del ministerio de aquellos hijos que el Señor ha llamado. La Obra, aportando un apoyo espiritual y material a los pioneros del clero local, ha desempeñado un papel de primer plano, gracias a la participación generosa de innumerables fieles”.

José Francisco Serrano Oceja


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