Jueves 17/08/2017. Actualizado 01:00h

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Tribunas

La sonrisa de la Virgen

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Hace unos días asistí en la Casa de Cantabria en Madrid, ese trozo de tierruca pegado al Retiro madrileño, a la presentación del libro de Enrique Álvarez, “Garabandal, la risa del Virgen”. Un olimpo de presentadores, buenos amigos todos, Juan Manuel de Prada, el incombustible Javier Paredes, el director de la editorial Tantín, flanqueaban a quien es hoy uno de los intelectuales católicos de referencia del predio cultural cántabro. Me había llamado la atención, en los últimos meses, la proliferación de novedades editoriales sobre las supuestas apariciones de la Virgen María en la localidad cántabra de Garandal, allá por los años sesenta. Repasando papeles me he dado cuenta de que estamos en el camino del medio siglo de lo que allí ocurriera. Hechos que aún recuerdan no pocas familias cántabras.

La novela de Enrique Álvarez, calificada de extraordinaria por Juan Manuel de Prada, es un trasunto de la Regenta y del Bernanos de los textos de tesis. Debiera añadir algo más; no está lejos de aquel descargo de conciencia que escribiera en su día Manuel Revuelta Sañudo. El autor tiene la maestría de profundizar en la psicología de los personajes y en la psicología social de los grupos humanos, de las clases sociales. Protagonista de la novela es una reconocida farmacéutica santanderina y su mundo, los lugares que habita y la habitan, y, sobre todo, el clero de la diócesis de Santander, de esos años, unas veces signado con pseudónimo y otras con sus nombres de pila, pero siempre con su pensamiento. Un clero generoso, entregado, algunas veces perplejo y sorprendido, pero siempre fiel a su misión. La novela nos remite a aquellos años en los que esa diócesis fue el campo de experimentación de un atisbado Concilio y de las hermenéuticas del postconcilio, como se llega incluso a leer en el Boletín Oficial del Obispado de aquella época. Es una novela abierta, ágil, que engancha, y que siembra la memoria de unos hechos, y de sus procesos posteriores. Una novela de esas que ya no se escriben, ni se leen.

Respecto a lo que allí ocurrió, para no incurrir en desacato de ficción, me remito al folleto “Declaraciones oficiales de la jerarquía sobre Garabandal”, editado en Santander, por el Obispado de Santander, en 1970. Ahí aprendí la diferencia entre “no consta de la sobrenaturalidad”, –caso que nos ocupa-, de “consta de la no sobrenaturalidad”, que no es lo mismo. Y, si acaso, a la nota oficial de 2 de abril de 1978, siendo ya obispo monseñor Juan Antonio del Val. Pero también recomiendo las páginas 242 a 246 del libro de René Laurentin, “Apariciones actuales de la Virgen María”, (Rialp, 1989), en las que se lee: “El obispo actual ha sabido calmar la situación –(se refiere al citado monseñor del Val)-. Ha hablado con Conchita y podido observar su feliz evolución. Aunque las peregrinaciones quedaron prácticamente interrumpidas, ha cambiado los criterios de prohibición por una acogida amable a los peregrinos (poco numerosos) en los actos normales de la parroquia, donde, evidentemente, no se habla de apariciones”.

En la presentación madrileña del libro, de entre el público salió la pregunta de si se podrá escribir la historia de la diócesis de Santander sin tener en cuenta lo que ocurrió en Garabandal. Tiene razón Enrique Álvarez: quien se acerque, aún hoy, a ese precioso pueblo de la Montaña, sentirá especialmente, en el silencio de los pinos, la sonrisa de quien sabemos nos ama.

José Francisco Serrano Oceja

“Somos
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