Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El silencio de monseñor Munilla

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Los sacerdotes firmantes del comunicado de la recepción negada, de una bienvenida a monseñor Munilla que no lo es, le han hecho un flaco favor a sus compañeros sacerdotes. Su comunicado causó, entre otros efectos, el ocultamiento mediático del mensaje de los obispos españoles a los sacerdotes con motivo del Año Sacerdotal, un texto breve –una veintena de páginas-, bello, sin muchas pretensiones especulativas, ajeno al fácil sociologismo, casi como una meditación espiritual sobre la teología del sacerdocio. Un documento, si cabe, y como se demuestra por la historia y por lo dicho sobre la historia, más necesario que nunca.

Los obispos, a partir de un sano realismo, señalan, por ejemplo, que regatear esfuerzos en el ejercicio de la misericordia es restarle futuro al mundo. Lo dicen refiriéndose al sacramento de la reconciliación, pero también se puede aplicar a otras muchas situaciones. Por más que se reúnan los responsables de la diócesis para preparar la llegada de monseñor Munilla; por más que preparen todo, desde la celebración agudizada de exclusión, a las anunciadas ausencias en el día después de la maquinaria diocesana, si el Evangelio, la tradición de la Iglesia, la comprensión de la fe católica, del episcopado, de lo que es la unidad de la Iglesia, es un mero fuego de artificio, la novedad cristiana habrá dejado de ser fecunda. Dicen los obispos españoles: “La pasión por la unidad es necesaria en la vida de un presbítero, si no quiere renunciar a su identidad de pastor. Pasión por la unidad y por la comunión con el obispo, también con los hermanos presbíteros, con los laicos y con las personas de vida consagrada. Pasión por la unidad y por la comunión de toda la Iglesia diocesana y de la Iglesia entera bajo la guía del Sucesor de Pedro, evitando toda desafección y alejamiento”.

Los periódicos del fin de semana han llenado sus páginas de perfiles del electo obispo de san Sebastián, sábanas cargadas de silencios y de elocuencias sospechosas. Quizá para compensar tanta actualidad, debiéramos recurrir a la descripción que hiciera san Ignacio de Antioquia del obispo, en sus cartas, que no eran un discurso sobre la Iglesia sino una charla sobre la Iglesia. Una descripción, también, de monseñor Munilla: “Y así que sometidos como estáis a vuestro obispo como si fuera el mismo Jesucristo, os presentáis a mis ojos no como quienes viven según los hombres, sino conforme a Jesucristo mismo, el que murió por vosotros (…) Es necesario, por tanto, como ya lo practicáis, que no hagáis cosa alguna sin contar con el obispo”. “Este obispo –se refiere al de la Iglesia de Filadelfia- sé que no lo es por sí mismo, ni por los hombres; llegó a este ministerio, que está la servicio de la comunidad, no por vanagloria sino por la caridad de Dios Padre y del Señor Jesucristo. Estoy maravillado con su bondad: con su silencio puede más que los oradores vanos. Está sintonizado con los mandamientos como la cítara con las cuerdas”.

José Francisco Serrano Oceja