Domingo 04/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribunas

El sacerdote y la caridad

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“Aunque se deban a todos –señala el Concilio Vaticano II–, los presbíteros tienen encomendados de manera especial a los pobres y a los más débiles, con quienes el Señor se presenta asociado y cuya evangelización se da como prueba mesiánica” (Decreto sobre los Presbíteros, n. 6).

Así debe ser como consecuencia de su identificación con Cristo, especialmente en la Eucaristía. Lo explicó Benedicto XVI, al responder a una pregunta que le hizo un sacerdote japonés, en la vigilia de la conclusión del Año sacerdotal: cómo vivir el culto eucarístico, sin caer en un clericalismo o en un alejamiento de la vida cotidiana de las personas. El Papa le respondió yendo al punto central: “La Eucaristía no es cerrarse al mundo, sino precisamente la apertura a las necesidades del mundo”. En la Eucaristía se manifiesta de modo plano y total el abajamiento de Dios y su abandono: su salída de sí mismo por amor nuestro. En la Eucaristía el sacerdote está para que todos los cristianos participemos de esa “aventura del amor de Dios”, al dejarnos atraer a la comunión del único pan, del único Cuerpo:

“Así debemos celebrar, vivir, meditar siempre la Eucaristía, como esta escuela de liberación de mi ‘yo’: entrar en el único pan, que es pan de todos, que nos une en el único Cuerpo de Cristo. Y por tanto, la Eucaristía es, de por sí, un acto de amor, nos obliga a esta realidad del amor por los demás: que el sacrificio de Cristo es la comunión de todos en su Cuerpo. Y por tanto, de esta forma, debemos aprender a vivir la Eucaristía, que es además lo contrario del clericalismo, de cerrarse en sí mismos”. Y ponía el ejemplo de Madre Teresa de Calcuta, que se dio a los más pobres a partir de la oración ante el Sagrario.

Por eso, “vivir la Eucaristía en su sentido original, en su verdadera profundidad, es una escuela de vida, es la protección más segura contra toda forma de clericalismo”.

Los obispos españoles habían llegado a una conclusión similar, semanas antes, cuando, con motivo del Corpus Christi presentaron un mensaje titulado: El sacerdote, hombre de caridad” (15-V-2010). En ese documento señalaban que atender especialmente a los más pobres y necesitados es un deber para todo cristiano, y especialmente para el sacerdote; un deber que brota de la configuración con Cristo en la Eucaristía.

El argumento es claro: “Si la caridad es algo que pertenece a la naturaleza de la Iglesia y, en consecuencia, a toda la comunidad cristiana –señalaban los obispos–, tarea del sacerdote es hacer que en la comunidad cristiana se viva y exprese el servicio a los pobres. Compete al sacerdote procurar que cada uno de sus fieles sea conducido por el Espíritu ‘a la caridad sincera y diligente’”. Se recuerda con total acierto que la caridad no es sólo una tarea individual, sino que también pertenece a la comunidad cristiana, y por tanto necesita una organización y programación.

El final del año sacerdotal, que ha coincidido con el Corpus Christi y la solemnidad del Corazón de Jesús, es, en efecto, un buen momento para que cada sacerdote se pregunte cómo a su alrededor puede crecer esta sensibilidad por los más pobres. Ante todo, en el corazón de cada cristiano, que deberá vivir la caridad con el prójimo de muchas maneras, según su condición, posibilidades y circunstancias. En segundo lugar, organizando ese servicio de la caridad en cada comunidad cristiana (las parroquias, las familias, los movimientos y demás grupos e instituciones eclesiales), pues la caridad es el signo por excelencia del Evangelio.

Hay que rezar y trabajar para que –como suele decir Benedicto XVI– la Eucaristía implique verdaderamente a todos los cristianos en la entrega de Cristo. Y qué bueno es pedir eso mismo para los sacerdotes, como hacen los obispos en ese documento: “Que configurados con Cristo Pastor, su corazón se conmueva siempre ante los pobres, los hambrientos, los excluidos, los marginados. Que identificados con Cristo Sacerdote renueven con gozo la ofrenda de sus vidas en cada Eucaristía al servicio de la salvación de todos los hombres. Que en el seno de nuestras comunidades cristianas sean los hombres de la caridad animando y presidiendo el ejercicio organizado de la caridad”.

Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra